- Bueno señores, agradezco que se hayan ofrecido como voluntarios para esta riesgosa misión.
Me dispuse a recorrer con la mirada al grupo, para demostrarles mi orgullo e infundirles ánimo, cuando el Cacho levantó tímidamente la mano para decir:
- Ehh… eso de ser voluntario… ¿Cuenta el hecho de qué nos amenazaste con hacernos pagar nuestras cuentas en el buffet si no te acompañábamos?
Lo miré entrecerrando los ojos, mientras pensaba que los días de anotar lo que consumía para pagar a fin de mes, habían terminado para el Cacho. Preferí ignorarlo, para así no romper el hechizo con mis improvisados subordinados.
Además del irrespetuoso estaban el pelado Canasta, el Ruso y el Rengo. La Sandy sería la oficial de comunicaciones, desde el buffet. Continué mi exposición:
- Como sea, acá estamos. Por años, las diferentes comisiones directivas han evitado hacerse cargo del asunto, por miedo, superstición o fiaca. Pero nosotros no –enfaticé esto último-. Nosotros encararemos el tema y lo superaremos.
Mis valientes se miraron unos a otros, dándome a entender que no entendían una goma. Hice una pausa teatral, los miré fijamente y solo dije:
- El altillo.
Se sobresaltaron, murmurando entre sí. El Rengo, instintivamente, se había agarrado un huevo como contrarrestando un maleficio. Pedí silencio.
- Señores, dejémonos de pavadas. No hay nada raro ahí, son puras habladurías, seamos sensatos y racionales. Hay que limpiar y dejar libre la planta alta del Clú y eso incluye al altillo.
El Rengo habló algo nervioso:
- Ade, nunca nadie se atrevió a tanto.
Hizo una pausa mirando a su alrededor, como si alguien imperceptible pudiera oírlo o verlo y agregó:
- Hay cosas que conviene dejar como están.
Me puse firme.
- No lo voy a repetir. En mis planes de remodelación del Clú, el altillo no tiene razón de ser. La planta alta la vamos a acondicionar para hacer un gimnasio, pero antes tenemos que ver con que nos podemos encontrar. Es ahora o nunca. ¿Cuento con ustedes? ¿O quieren que los demás sepan que son unos cagones? Quien no me quiera acompañar, ya puede irse yendo.
Todos encararon para la puerta, así que exclamé:
- No se olviden de pasar por la barra para abonar su deuda.
Todos volvieron con cara de resignación y el Ruso sintetizó el espíritu reinante al decir:
- Ufa.
Reunidos a la entrada de la planta alta, quise hacer un recuento del equipo que llevaríamos.
- ¿Bolsas de consorcio? ¿Artículos de limpieza?
- Acá –dijo el Cacho.
- ¿Guantes de trabajo? ¿Herramientas?
- Listo –se escuchó.
- ¿Termo?
- Acá –dijo Canasta agarrándose la entrepierna.
Todos reímos, pero quise mantener la seriedad del momento:
- Dale, chistoso –le dije.
- Ok, ok. ¡Equipo de mate listo, señor! –gritó poniéndose firme.
Viendo todo en orden y preparados para la acción, hice una última arenga:
- Caballeros, demás está decirles que hay posibilidades de que suframos bajas. De ser así, los restantes seguiremos fieles a nuestro objetivo –dije ceremoniosamente.
- ¿No será mu…? –intentó decir el Ruso.
Le hice la mirada del "brusgüilis" enojado, por lo que me siguió el juego y no preguntó más.
- Andando –dije terminante y ya en mi papel de líder.
El portón de metal que comunicaba con la planta alta hizo un ruido importante, fruto de años en desuso. El inicio de una amplia escalera se vislumbraba. Prendimos un par de linternas, ya que la luz diurna no era suficiente. El olor a humedad y mugre nos abofeteó, mientras avanzábamos lentamente hacia lo desconocido, cuidando de ver donde se pisaba.
El Rengo rompió el silencio relatándonos las historias que se contaban sobre el altillo: almas en pena, voces de ultratumba, gente desaparecida y demasiados etcéteras. Era atrapante lo que decía y nos habíamos compenetrados escuchándolo, cuando de repente:
- Noooooo –gritó Canasta.
¡Qué cagazo, por Dios! Se nos cayeron las medias y algunas herramientas del susto.
- ¿Qué te pasó, Pelado? –pregunté con arritmia.
- Nada, que me olvidé de traer la sacarina para el mate. ¿Podés creer que sea tan boludo?
Mientras recuperábamos el aire, una que otra puteada lo mencionó.
- Eh, che. Qué carácter de mierda que tienen –objetó el aludido.
Continuamos nuestra marcha hacia el interior del gran salón, atestado de cajas de cartón con contenido de dudoso valor, más infinitos trastos desperdigados desordenadamente. Necesitaríamos una flota de volquetes para vaciar el espacio. Pero bueno, en primera instancia había que llegar hasta el altillo y hacer un análisis de la situación: ver si valía la pena despejar el lugar para mi idea de instalar un gym a todo culo. Una vez más, Canasta dio la nota:
- ¿Escucharon eso? –preguntó algo asustado.
- ¿Qué cosa, Pelado? –quisimos saber.
- Eso –dijo.
Y se rajó un sonoro pedo.
- ¡Hijo de puta! ¡Nos querés matar!
El Pelado se recostó sobre unos cajones de madera, descompuesto de la risa. Cuando abrió los ojos llorosos, nos miró sorprendido.
- ¿Qué? ¿Por qué ponen esa cara de susto? Jaaa, boludos. ¿Se creen que voy a caer en ésa tan fácilmen…?
- No te movás o te degüello, pendejo gorila –dijo una voz a sus espaldas.
No tener la cámara digital a mano… La cara de miedo del Pelado era para poner en un cuadro. Bueno, nosotros también estábamos algo paralizados con la situación. Decidí hablar con el desconocido, quien parecía ser alguien de mucha más edad que todos nosotros.
- Escucheme, Jefe. ¿Por qué no nos tranquilizamos? -le pregunté.
- Yo estoy tranquilo, pibe –me contesta.
- Entonces negociemos, don Inodoro.
- ¿Eh?
- Nada, deje ir al Pelado y charlemos.
Se oyó un suspiró del otro lado y al fin se notó que bajó la presión tras Canasta.
- Esta bien, igual lo estaba apretando con una maderita.
- ¡Viejo puto! –gritó el pelado y se le fue al humo.
Lo paramos entre todos y pudo calmarse. Retomé la charla con el intruso.
- Jefe, le habla el presidente del Clú “Paciencia y saliva”, ¿con quién tengo el gusto?
- Mi nombre es Evito Domínguez y soy miembro de la Resistencia peronista.
¿Qué responder a eso? Estaba para que bajáramos la persiana y nos fuéramos todos a dormir la siesta.
- Ehh… se lo pregunto de onda, jefe, pero… ¿De qué carajo está hablando? –le dije medio fastidioso.
- ¿Cómo de qué? Soy un militante peronista que no va a bajar los brazos frente al accionar gorila, por más que vengan degollando.
Llamé con la mirada a mis muchachos para analizar la cuestión.
- Che, el viejo está pirucho. Llamemos a la cana o al hospital y que se lo lleven –sugirió el Cacho.
El comentario no escapó a los oídos de Evito.
- ¡Mierda me van a llevar vivo! –gritó desde su escondite.
- Cálmese, compañero –lo apaciguó el Ruso.
Me arrimé un poco más a los cajones amontonados y pregunté:
- Disculpe, Evito. ¿Cuánto hace qué está acá?
- Después que los gorilas bombardearon la Plaza de Mayo, cuando nos enteramos acá en Rosario, con los compañeros organizamos la Resistencia. Anduvimos dando vueltas por todos lados, hasta que nos fueron cazando de a uno. Yo me vine a refugiar acá en los ’60, cuando era una fábrica abandonada. Y bueno, acá me quedé, aguantando lo que viniere, hasta que el General Perón nos ordene lo contrario.
- Pero Perón murió hace rato, viejo –exclamó Canasta.
- ¿Qué mierda decís, pendejo gorila?
No sabíamos si reírnos por la situación o porque le había dicho nuevamente “pendejo” al Pelado.
- Ah, ya entiendo –razonó el viejo-. Quieren hacerme creer que el General crepó para que yo afloje. ¡No lo lograrán! Soy soldado de Perón y solo él puede decirme que todo acabó. ¡Únicamente creeré lo que diga el Gran Conductor!
Parecía que no iba a ver retorno con la cuestión. El Ruso estaba pensativo, con los brazos cruzados.
- ¿Qué pensás? –quise saber.
- Shoichi Yokoi –dijo lentamente.
- ¿Lo qué? –preguntamos todos, hasta Evito.
El Ruso se acomodó mejor sobre unas cajas.
- En 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, los yanquis tomaron la isla de Guam, en el Pacífico. Muchos soldados japoneses murieron, pero algunos sobrevivieron en la jungla, entre ellos el sargento Shoichi Yokoi. Recién en 1972 fue encontrado, luego de estar 28 años escondido. Aunque de algo se había enterado sobre el fin de la guerra, pensaba que era propaganda estadounidense. Y además había hecho una promesa a su emperador: morir antes que entregarse al enemigo. Aparte consideraba que solo el emperador podía darle la orden de rendirse. Al final lo convencieron y volvió como un héroe.
Al terminar hizo un gesto señalando hacia el lugar donde resistía Evito.
- Tenemos a nuestro propio Yokoi –reflexioné.
- Y creo que se nos va a hacer difícil convencerlo por las buenas –agregó el Rengo.
- A menos que… -dijo el Ruso.
- ¿Qué se te ocurrió? –le pregunté.
Se incorporó con la cara iluminada.
- Ade, entreténganlo hasta que yo vuelva. Creo saber como solucionar esto. Ya vengo.
Y salió presuroso.
Nos pusimos a tomar mate y a intercambiar impresiones con el resistente.
- ¿Cómo hizo para alimentarse, don Evito? –preguntó el Cacho.
- Bueno, de vez en cuando bajaba y de la heladera grande del salón, manoteaba algún cacho de fiambre. Pero siempre a las corridas, no quería que me agarraran.
Todos volteamos a mirarlo al Rengo.
- ¿Qué miran, che? Yo pensaba que eran ratas, así que le cortaba el pedazo mordido. Igual después lo vendía un poco más caro para recuperar.
Ignoramos la respuesta para no tener malos recuerdos la próxima vez que pidiéramos un sánguche.
El Pelado decidió cambiar el clima contando un chiste:
- A ver si saben éste. Una trola va al médico y el tordo le pregunta: “Usted cuando menstrúa, ¿tiene mucha pérdida?”. Entonces la mina le contesta: “Y claro doctor, entre 500 y 1.000 pesos”.
Las pocas risas eran indicio de que lo conocíamos, pero del fondo del escondite se escuchó:
- Jiji, que bueno. Yo tengo otro. Un tipo va a un quilombo con una puta y, cuando están en bolas, la mina, señalándole el pito, le pregunta: “¿A quién pensás hacer feliz con esa cosita?”. Y el tipo, sonriendo, le dice: “¡¡A mi!!”
Estallamos en carcajadas, lo que contribuyó a descomprimirnos. Continuamos un buen rato con eso hasta que apareció el Ruso acompañado de otro viejo.
- Muchachos, este es don Justo, un socio vitalicio del Clú.
Todos saludamos y, al ver nuestras miradas incrédulas, el Ruso explicó:
- Don Justo militó en el peronismo desde siempre y anduvo en la resistencia durante la Libertadora. Anduvo preso y después siguió en el partido, clandestinamente. En el ’76, le anduvo metiendo bombas a los milicos y después se tuvo que exiliar. Volvió en el ’83 y hoy, con 78 años, todavía milita en una unidad básica. Él va a saber solucionar el tema de don Evito, seguro.
El viejo nos miraba entre orgulloso y cansado. Encaró para los cajones y habló:
- A ver compañero, ¿qué le anda pasando?
- ¿Y usted quién es? –preguntó respetuoso Evito.
- Soy Justo Blanquier, clase 1930, peronista de Perón. ¿Usted?
- Evito Domínguez, clase 1935, peronista de ley. Estos pendejos andan diciendo que el General murió, ¿es así, compañero?
Don Justo suspiró entristecido.
- Es así, en el ’74.
Se oyó como un lamento detrás de la barricada.
- Puta madre. Debemos estar hasta las manos, compañero.
- No, las manos se las chorearon –acotó el Cacho.
Amagamos como para tirarlo escaleras abajo, a lo que el desalmado respondió levantando las manos pidiendo calma.
- Igual nos fuimos arreglando –continuó don Justo.
Durante unos segundos no se oyó hablar a nadie, hasta que Evito rompió el silencio:
- ¿Qué le parece que tenga que hacer, compañero?
- Es simple, deponga su actitud y véngase con nosotros, que lo vamos a agasajar en la básica como lo que es: un héroe peronista.
Eso pareció gustarle al aludido. Se escuchó ruido de cajones corriéndose y desde un hueco apareció la figura de un hombre bastante demacrado. Don Justo se arrimó y le dio un abrazo que casi lo parte en dos. Mientras lo sostenía por los hombros, le dijo:
- Va a ser un honor compartir la mesa con un verdadero peronista. Incluso después lo pienso llevar a mi antiguo gremio, para que lo conozcan los compañeros.
- ¿De qué gremio? –quiso saber Evito.
- Del de la carne. Fui mucho tiempo delegado de los obreros de la Swift.
- ¿De la Swift? Me trae recuerdos eso. Salí un tiempo con una mina que laburaba ahí. Ella era casada, así que nos encontrábamos a garchar cuando el marido se iba a trabajar. ¿Cómo se llamaba? Ah si, Azucena, como la flor.
Don Justo se quedo estático.
- ¿Azucena Andrada?
- Siiii, esa, una tetona que era una fiera en la ca…
No terminó la frase. Don Justo se le abalanzó y lo tomó del cuello, gritando:
- ¡Hijo de puta! ¡Azucena era mi mujer! ¡Te voy a matar!
Entre todos logramos sacar a Evito de las garras del enloquecido geronte.
- Pero compañero –gimió la víctima-, ¿somos o no somos peronistas? Ya pasó bastante tiempo, ¿no le parece?
Esto pareció enfurecer más al viejo sindicalista.
- ¡Peronistas, las pelotas!
Y se volvieron a trenzar, rodando por las escaleras.
Mientras los demás trataban de calmar los ánimos y llevaban a los contendientes hacia abajo, me quedé solo en la planta alta, reflexionando sobre los hechos precedentes. Pasiones, rencores, lealtades, valores; todos ingredientes de cualquier sociedad en cualquier tiempo. Y esta gente, a pesar del tiempo transcurrido, los mantenía. Yo estaba mirando hacia el futuro, hacia un mejoramiento de lo actual. Pero el pasado está, nos apuntala, nos da identidad. Y nuestro pasado como sociedad no es de los mejores. Todos queremos olvidarnos, empezar de cero. Y está bien, pero olvidarse de todo no es la forma. Hay que tener memoria y pedir justicia, que es lo único que puede satisfacer a todos por igual.
Recordé haber leído o escuchado a un antropólogo explayarse sobre las identidades. Decía que, dando un ejemplo, en nuestra ciudad los simpatizantes de Central y Newell’s vivían enfrentados, pero cuando Argentina se enfrentaba a la selección brasilera, todos hacían un frente común.
Y bueno, pelearé por una identidad común.
Me calcé mejor los guantes de laburo, tomé una escoba, y empecé, solo, a limpiar y ordenar.
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