martes 25 de marzo de 2008

SHOICHI YOKOI

- Bueno señores, agradezco que se hayan ofrecido como voluntarios para esta riesgosa misión.
Me dispuse a recorrer con la mirada al grupo, para demostrarles mi orgullo e infundirles ánimo, cuando el Cacho levantó tímidamente la mano para decir:
- Ehh… eso de ser voluntario… ¿Cuenta el hecho de qué nos amenazaste con hacernos pagar nuestras cuentas en el buffet si no te acompañábamos?
Lo miré entrecerrando los ojos, mientras pensaba que los días de anotar lo que consumía para pagar a fin de mes, habían terminado para el Cacho. Preferí ignorarlo, para así no romper el hechizo con mis improvisados subordinados.
Además del irrespetuoso estaban el pelado Canasta, el Ruso y el Rengo. La Sandy sería la oficial de comunicaciones, desde el buffet. Continué mi exposición:
- Como sea, acá estamos. Por años, las diferentes comisiones directivas han evitado hacerse cargo del asunto, por miedo, superstición o fiaca. Pero nosotros no –enfaticé esto último-. Nosotros encararemos el tema y lo superaremos.
Mis valientes se miraron unos a otros, dándome a entender que no entendían una goma. Hice una pausa teatral, los miré fijamente y solo dije:
- El altillo.
Se sobresaltaron, murmurando entre sí. El Rengo, instintivamente, se había agarrado un huevo como contrarrestando un maleficio. Pedí silencio.
- Señores, dejémonos de pavadas. No hay nada raro ahí, son puras habladurías, seamos sensatos y racionales. Hay que limpiar y dejar libre la planta alta del Clú y eso incluye al altillo.
El Rengo habló algo nervioso:
- Ade, nunca nadie se atrevió a tanto.
Hizo una pausa mirando a su alrededor, como si alguien imperceptible pudiera oírlo o verlo y agregó:
- Hay cosas que conviene dejar como están.
Me puse firme.
- No lo voy a repetir. En mis planes de remodelación del Clú, el altillo no tiene razón de ser. La planta alta la vamos a acondicionar para hacer un gimnasio, pero antes tenemos que ver con que nos podemos encontrar. Es ahora o nunca. ¿Cuento con ustedes? ¿O quieren que los demás sepan que son unos cagones? Quien no me quiera acompañar, ya puede irse yendo.
Todos encararon para la puerta, así que exclamé:
- No se olviden de pasar por la barra para abonar su deuda.
Todos volvieron con cara de resignación y el Ruso sintetizó el espíritu reinante al decir:
- Ufa.

Reunidos a la entrada de la planta alta, quise hacer un recuento del equipo que llevaríamos.
- ¿Bolsas de consorcio? ¿Artículos de limpieza?
- Acá –dijo el Cacho.
- ¿Guantes de trabajo? ¿Herramientas?
- Listo –se escuchó.
- ¿Termo?
- Acá –dijo Canasta agarrándose la entrepierna.
Todos reímos, pero quise mantener la seriedad del momento:
- Dale, chistoso –le dije.
- Ok, ok. ¡Equipo de mate listo, señor! –gritó poniéndose firme.
Viendo todo en orden y preparados para la acción, hice una última arenga:
- Caballeros, demás está decirles que hay posibilidades de que suframos bajas. De ser así, los restantes seguiremos fieles a nuestro objetivo –dije ceremoniosamente.
- ¿No será mu…? –intentó decir el Ruso.
Le hice la mirada del "brusgüilis" enojado, por lo que me siguió el juego y no preguntó más.
- Andando –dije terminante y ya en mi papel de líder.
El portón de metal que comunicaba con la planta alta hizo un ruido importante, fruto de años en desuso. El inicio de una amplia escalera se vislumbraba. Prendimos un par de linternas, ya que la luz diurna no era suficiente. El olor a humedad y mugre nos abofeteó, mientras avanzábamos lentamente hacia lo desconocido, cuidando de ver donde se pisaba.
El Rengo rompió el silencio relatándonos las historias que se contaban sobre el altillo: almas en pena, voces de ultratumba, gente desaparecida y demasiados etcéteras. Era atrapante lo que decía y nos habíamos compenetrados escuchándolo, cuando de repente:
- Noooooo –gritó Canasta.
¡Qué cagazo, por Dios! Se nos cayeron las medias y algunas herramientas del susto.
- ¿Qué te pasó, Pelado? –pregunté con arritmia.
- Nada, que me olvidé de traer la sacarina para el mate. ¿Podés creer que sea tan boludo?
Mientras recuperábamos el aire, una que otra puteada lo mencionó.
- Eh, che. Qué carácter de mierda que tienen –objetó el aludido.
Continuamos nuestra marcha hacia el interior del gran salón, atestado de cajas de cartón con contenido de dudoso valor, más infinitos trastos desperdigados desordenadamente. Necesitaríamos una flota de volquetes para vaciar el espacio. Pero bueno, en primera instancia había que llegar hasta el altillo y hacer un análisis de la situación: ver si valía la pena despejar el lugar para mi idea de instalar un gym a todo culo. Una vez más, Canasta dio la nota:
- ¿Escucharon eso? –preguntó algo asustado.
- ¿Qué cosa, Pelado? –quisimos saber.
- Eso –dijo.
Y se rajó un sonoro pedo.
- ¡Hijo de puta! ¡Nos querés matar!
El Pelado se recostó sobre unos cajones de madera, descompuesto de la risa. Cuando abrió los ojos llorosos, nos miró sorprendido.
- ¿Qué? ¿Por qué ponen esa cara de susto? Jaaa, boludos. ¿Se creen que voy a caer en ésa tan fácilmen…?
- No te movás o te degüello, pendejo gorila –dijo una voz a sus espaldas.

No tener la cámara digital a mano… La cara de miedo del Pelado era para poner en un cuadro. Bueno, nosotros también estábamos algo paralizados con la situación. Decidí hablar con el desconocido, quien parecía ser alguien de mucha más edad que todos nosotros.
- Escucheme, Jefe. ¿Por qué no nos tranquilizamos? -le pregunté.
- Yo estoy tranquilo, pibe –me contesta.
- Entonces negociemos, don Inodoro.
- ¿Eh?
- Nada, deje ir al Pelado y charlemos.
Se oyó un suspiró del otro lado y al fin se notó que bajó la presión tras Canasta.
- Esta bien, igual lo estaba apretando con una maderita.
- ¡Viejo puto! –gritó el pelado y se le fue al humo.
Lo paramos entre todos y pudo calmarse. Retomé la charla con el intruso.
- Jefe, le habla el presidente del Clú “Paciencia y saliva”, ¿con quién tengo el gusto?
- Mi nombre es Evito Domínguez y soy miembro de la Resistencia peronista.
¿Qué responder a eso? Estaba para que bajáramos la persiana y nos fuéramos todos a dormir la siesta.
- Ehh… se lo pregunto de onda, jefe, pero… ¿De qué carajo está hablando? –le dije medio fastidioso.
- ¿Cómo de qué? Soy un militante peronista que no va a bajar los brazos frente al accionar gorila, por más que vengan degollando.
Llamé con la mirada a mis muchachos para analizar la cuestión.
- Che, el viejo está pirucho. Llamemos a la cana o al hospital y que se lo lleven –sugirió el Cacho.
El comentario no escapó a los oídos de Evito.
- ¡Mierda me van a llevar vivo! –gritó desde su escondite.
- Cálmese, compañero –lo apaciguó el Ruso.
Me arrimé un poco más a los cajones amontonados y pregunté:
- Disculpe, Evito. ¿Cuánto hace qué está acá?
- Después que los gorilas bombardearon la Plaza de Mayo, cuando nos enteramos acá en Rosario, con los compañeros organizamos la Resistencia. Anduvimos dando vueltas por todos lados, hasta que nos fueron cazando de a uno. Yo me vine a refugiar acá en los ’60, cuando era una fábrica abandonada. Y bueno, acá me quedé, aguantando lo que viniere, hasta que el General Perón nos ordene lo contrario.
- Pero Perón murió hace rato, viejo –exclamó Canasta.
- ¿Qué mierda decís, pendejo gorila?
No sabíamos si reírnos por la situación o porque le había dicho nuevamente “pendejo” al Pelado.
- Ah, ya entiendo –razonó el viejo-. Quieren hacerme creer que el General crepó para que yo afloje. ¡No lo lograrán! Soy soldado de Perón y solo él puede decirme que todo acabó. ¡Únicamente creeré lo que diga el Gran Conductor!
Parecía que no iba a ver retorno con la cuestión. El Ruso estaba pensativo, con los brazos cruzados.
- ¿Qué pensás? –quise saber.
- Shoichi Yokoi –dijo lentamente.
- ¿Lo qué? –preguntamos todos, hasta Evito.
El Ruso se acomodó mejor sobre unas cajas.
- En 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, los yanquis tomaron la isla de Guam, en el Pacífico. Muchos soldados japoneses murieron, pero algunos sobrevivieron en la jungla, entre ellos el sargento Shoichi Yokoi. Recién en 1972 fue encontrado, luego de estar 28 años escondido. Aunque de algo se había enterado sobre el fin de la guerra, pensaba que era propaganda estadounidense. Y además había hecho una promesa a su emperador: morir antes que entregarse al enemigo. Aparte consideraba que solo el emperador podía darle la orden de rendirse. Al final lo convencieron y volvió como un héroe.
Al terminar hizo un gesto señalando hacia el lugar donde resistía Evito.
- Tenemos a nuestro propio Yokoi –reflexioné.
- Y creo que se nos va a hacer difícil convencerlo por las buenas –agregó el Rengo.
- A menos que… -dijo el Ruso.
- ¿Qué se te ocurrió? –le pregunté.
Se incorporó con la cara iluminada.
- Ade, entreténganlo hasta que yo vuelva. Creo saber como solucionar esto. Ya vengo.
Y salió presuroso.

Nos pusimos a tomar mate y a intercambiar impresiones con el resistente.
- ¿Cómo hizo para alimentarse, don Evito? –preguntó el Cacho.
- Bueno, de vez en cuando bajaba y de la heladera grande del salón, manoteaba algún cacho de fiambre. Pero siempre a las corridas, no quería que me agarraran.
Todos volteamos a mirarlo al Rengo.
- ¿Qué miran, che? Yo pensaba que eran ratas, así que le cortaba el pedazo mordido. Igual después lo vendía un poco más caro para recuperar.
Ignoramos la respuesta para no tener malos recuerdos la próxima vez que pidiéramos un sánguche.
El Pelado decidió cambiar el clima contando un chiste:
- A ver si saben éste. Una trola va al médico y el tordo le pregunta: “Usted cuando menstrúa, ¿tiene mucha pérdida?”. Entonces la mina le contesta: “Y claro doctor, entre 500 y 1.000 pesos”.
Las pocas risas eran indicio de que lo conocíamos, pero del fondo del escondite se escuchó:
- Jiji, que bueno. Yo tengo otro. Un tipo va a un quilombo con una puta y, cuando están en bolas, la mina, señalándole el pito, le pregunta: “¿A quién pensás hacer feliz con esa cosita?”. Y el tipo, sonriendo, le dice: “¡¡A mi!!”
Estallamos en carcajadas, lo que contribuyó a descomprimirnos. Continuamos un buen rato con eso hasta que apareció el Ruso acompañado de otro viejo.
- Muchachos, este es don Justo, un socio vitalicio del Clú.
Todos saludamos y, al ver nuestras miradas incrédulas, el Ruso explicó:
- Don Justo militó en el peronismo desde siempre y anduvo en la resistencia durante la Libertadora. Anduvo preso y después siguió en el partido, clandestinamente. En el ’76, le anduvo metiendo bombas a los milicos y después se tuvo que exiliar. Volvió en el ’83 y hoy, con 78 años, todavía milita en una unidad básica. Él va a saber solucionar el tema de don Evito, seguro.
El viejo nos miraba entre orgulloso y cansado. Encaró para los cajones y habló:
- A ver compañero, ¿qué le anda pasando?
- ¿Y usted quién es? –preguntó respetuoso Evito.
- Soy Justo Blanquier, clase 1930, peronista de Perón. ¿Usted?
- Evito Domínguez, clase 1935, peronista de ley. Estos pendejos andan diciendo que el General murió, ¿es así, compañero?
Don Justo suspiró entristecido.
- Es así, en el ’74.
Se oyó como un lamento detrás de la barricada.
- Puta madre. Debemos estar hasta las manos, compañero.
- No, las manos se las chorearon –acotó el Cacho.
Amagamos como para tirarlo escaleras abajo, a lo que el desalmado respondió levantando las manos pidiendo calma.
- Igual nos fuimos arreglando –continuó don Justo.
Durante unos segundos no se oyó hablar a nadie, hasta que Evito rompió el silencio:
- ¿Qué le parece que tenga que hacer, compañero?
- Es simple, deponga su actitud y véngase con nosotros, que lo vamos a agasajar en la básica como lo que es: un héroe peronista.
Eso pareció gustarle al aludido. Se escuchó ruido de cajones corriéndose y desde un hueco apareció la figura de un hombre bastante demacrado. Don Justo se arrimó y le dio un abrazo que casi lo parte en dos. Mientras lo sostenía por los hombros, le dijo:
- Va a ser un honor compartir la mesa con un verdadero peronista. Incluso después lo pienso llevar a mi antiguo gremio, para que lo conozcan los compañeros.
- ¿De qué gremio? –quiso saber Evito.
- Del de la carne. Fui mucho tiempo delegado de los obreros de la Swift.
- ¿De la Swift? Me trae recuerdos eso. Salí un tiempo con una mina que laburaba ahí. Ella era casada, así que nos encontrábamos a garchar cuando el marido se iba a trabajar. ¿Cómo se llamaba? Ah si, Azucena, como la flor.
Don Justo se quedo estático.
- ¿Azucena Andrada?
- Siiii, esa, una tetona que era una fiera en la ca…
No terminó la frase. Don Justo se le abalanzó y lo tomó del cuello, gritando:
- ¡Hijo de puta! ¡Azucena era mi mujer! ¡Te voy a matar!
Entre todos logramos sacar a Evito de las garras del enloquecido geronte.
- Pero compañero –gimió la víctima-, ¿somos o no somos peronistas? Ya pasó bastante tiempo, ¿no le parece?
Esto pareció enfurecer más al viejo sindicalista.
- ¡Peronistas, las pelotas!
Y se volvieron a trenzar, rodando por las escaleras.
Mientras los demás trataban de calmar los ánimos y llevaban a los contendientes hacia abajo, me quedé solo en la planta alta, reflexionando sobre los hechos precedentes. Pasiones, rencores, lealtades, valores; todos ingredientes de cualquier sociedad en cualquier tiempo. Y esta gente, a pesar del tiempo transcurrido, los mantenía. Yo estaba mirando hacia el futuro, hacia un mejoramiento de lo actual. Pero el pasado está, nos apuntala, nos da identidad. Y nuestro pasado como sociedad no es de los mejores. Todos queremos olvidarnos, empezar de cero. Y está bien, pero olvidarse de todo no es la forma. Hay que tener memoria y pedir justicia, que es lo único que puede satisfacer a todos por igual.
Recordé haber leído o escuchado a un antropólogo explayarse sobre las identidades. Decía que, dando un ejemplo, en nuestra ciudad los simpatizantes de Central y Newell’s vivían enfrentados, pero cuando Argentina se enfrentaba a la selección brasilera, todos hacían un frente común.
Y bueno, pelearé por una identidad común.
Me calcé mejor los guantes de laburo, tomé una escoba, y empecé, solo, a limpiar y ordenar.

(Dedicado a los resistentes de nuestro pasado inmediato)



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lunes 10 de marzo de 2008

AJUSTANDO CLAVIJAS

Hay momentos en que uno decide ordenar sus cosas, corregir desvíos, encauzar situaciones.
Ese día me levanté dispuesto a encarrilar un par de temas, como para que los demás sepan que puedo dejar pasar las cosas, pero que no soy gil, que me doy cuenta.
El primero en la lista fue Beto, mi mecánico. Hacía un par de días que tenía a “La Poderosa” (mi camioneta) para afinarla y ya iba para largo. Lo encontré tomando uno de los primeros de los once mil mates que se manda en un día.
- Beto.
- Ade.
- ¿La Poderosa?
- Mañana no.
- ¿Pasado?
- No creo.
- Bien.
Hice una pausa mientras me tomaba un verde.
- ¿Cuánta guita te debo, Beto?
El mecánico abrió los ojos más de lo normal.
- Ehh, no… no me debés nada, ¿qué decís?
Al ver mi mirada irónica se extrañó.
- ¿A qué viene la pregunta?
Lo miré sonriendo levemente.
- Nunca te quedé debiendo más de lo normal. Siempre te cumplí. Pero no soy boludo. Hace bastante, muchos años, que te traigo mis autos y también te recomendé con quien se me cruzara. La mitad de los autos que tenés ahora en arreglo son de clientes nuevos, gente que lo usa para mostrarse, no para laburar. Mi camioneta es para los fletes, de lo que vivo. Pero le das bola a los nuevos, para ganártelos, porque garpan mejor. Bueno, mi guita es igual a la de ellos. Si no está para mañana, la llevo a otro lado. Claro, dejaría de recomendarte. Entonces, ¿para cuándo me vas a tener la camioneta?
El Beto, mi mecánico, le dio un último sorbo al mate recuerdo de Capilla del Monte y dijo:
- Mañana a primera hora, Ade.
Le estreché la mano y casi (casi) le doy un beso.

- ¿Qué pasó con el tema de la nueva cerveza?
El Rengo levantó la vista y se acercó.
- No tuve tiempo de verlo, Ade –se disculpó.
- ¿Por?
- El buffet me lleva lo suyo y estoy solo.
- ¿No te dije que pusieras a la Sandy a laburar con vos?
Desvió la vista.
- Si, pero el Cacho antes me había dicho de poner a su sobrina.
Ahí sí dejé de leer La Capital, que descansaría en el mostrador.
- ¿Y desde cuándo la palabra del Cacho es más importante que la mía?
- No, claro…
- Mirá Rengo, desde hoy la Sandy labura con vos, le guste a quien le guste, yo me hago responsable.
- Como vos digas.
- Bien. Y con respecto a la cerveza “Stella Rosis”, les decís al amigo tuyo que labura ahí, que me venga a ver así arreglamos para que esponsoreén la camiseta del Clú esta temporada y nos provean en lugar de la Quilmes, que no quisieron arreglar. ¿Tamos?
El Rengo sonrió como él sabe hacerlo cuando le gusta la mano y no quiere decir “Gracias”.
- Tamos.

El Cadena me salió al cruce. Había oído algo de lo hablado con el Rengo.
- ¿Qué hacé, papá? ¿Controlando el ganado?
Lo miré como al descuido.
- Para vos también hay.
- Epa, ¿qué hice?
Me detuve a la entrada.
- ¿No te dije qué necesitaba los números del Clú para ver dónde estábamos parados?
Titubeó.
- Si, bueno… ¿Qué querés? El viejo Rosendo es una tortuga.
- ¿No te dije también que le dieras los pelpas a tu novia, la Esther?
- Si Ade, pero el viejo hace un toco que está con eso.
- ¡Dale una patada en el orto al viejo! Que la Esther se ponga con el tema, que para eso es contadora. Para la semana que viene quiero un informe de la situación, con dibujitos y todo. ¿Tamos?
Resopló.
- Tamos.

El Rodo me salió a recibir medio sorprendido.
- Ade, qué sorpresa por acá vos.
Lo saludé con un gesto de la cabeza y recorrí con la mirada las instalaciones del campo deportivo del Clú. No podía estar peor, cosas tiradas, basura sin juntar, la cancha en mal estado, gatos y perros por doquier… Sentados en el suelo y apoyados en la pared del vestuario, había dos muchachos tomando cerveza.
- ¿Quiénes son ésos? –quise saber.
- Uno es el Cholo, el hijo de la Laura, la encargada de la limpieza de acá. El pibe le da una mano. El otro no sé, un amigo capaz.
- Llamame al Cholo.
El Rodo se arrimó y le hizo señas para que se acercara. El Cholo, de unos 17 años, se levantó de mala gana y vino caminando cansinamente.
- Presi, hola amigo –me saludó arrastrando las palabras.
- Hola Cholo. Te quería preguntar algo.
- Si, decime.
- ¿Qué tareas cumplís acá?
Entornó los ojos, antes de contestar.
- Bueno, corto el césped de la cancha, la riego, junto la basura y le doy una mano a mi vieja con el lavado de las pilchas de los jugadores. Nada más.
- Ta. ¿Y por qué no está cortado el césped? –pregunté serio.
El pibe se rascó la cabeza.
- No… claro, lo que pasa es que la gramínea no vino bien este año. Estoy viendo a ver como se comporta.
Lo miré y asentí.
- ¿Y el tema de la ropa? –proseguí.
- Bueno, ahí la cuestión pasa por el tipo de jabón en polvo que nos provee el Clú. Yo preferiría uno con suavizante incorporado, no el de ahora que daña la piel, por lo que justo le iba a reclamar por eso a la Comisión.
- Ajá, bien. ¿Y el hecho de tomar cerveza en horario laboral?
- Ehh Ade, la presión atmosférica está fatal hoy. Los hectopascales se dispararon como estampida bursátil.
Me tomé unos segundos. Entonces dije:
- Mirá Cholo, te voy a decir una sola vez, un par de cosas. Primero, para vos no soy ni presi, ni Ade, ni amigo. Te dirigís a mí como presidente y el tuteo te lo metés en el orto.
- Eh, ami… Presidente, no se lo…
- No terminé –lo interrumpí-. Segundo: para mañana a esta hora quiero que el césped esté como para jugar al billar en la cancha y la ropa de todos los jugadores tienen que estar flameando en la soga, hasta la que esté rota. Y tercero: no te quiero ver más chupando en tu horario de trabajo y menos con gente que no es del Clú. Cualquiera de esas tres que no cumplas y vos solito te expulsás. ¿Quedó claro?
El Cholo se puso firme y con el rostro desencajado respondió:
- Totalmente, presidente.
El Rodo me acompañó hasta la salida, donde le dije:
- Te hago responsable a vos de que el pibe cumpla. Y si tengo que venir yo a poner orden acá, me suena que tu puesto está de más. Hacete cargo, Rodo.
Y me fui.

El día había sido fructífero, pensaba mientras me acomodaba para tomar unos mates en el patio. En eso entrá mi viejo, don Juan, por la puerta que conecta al ciber.
- ¿Qué hacés, viejo? –lo saludo.
- Hola Ade, vine a ver a la Jessi, para prepararla en Historia.
La aludida le gritó mientras venía desde la cocina:
- ¡Hola viejo loco!
- ¡Hola bicho feo! –le contestó y le dio un abrazo.
- Ya estuve leyendo bastante.
- Bueno, dejame que hablo una cosita con Ade y después voy y te tomo lección, ¿si?
- Dale.
Cuando quedamos solos, le ofrecí un mate dulce. Le dio un sorbito y me dijo:
- ¿Así que anduviste haciendo ajustes en el Clú?
Me sonreí.
- Así es. ¿Por? ¿Qué pasó?
- Nada. Pero algunos se anduvieron quejando.
- ¿Si? Mirá vos. ¿Y quiénes?
- Por empezar los quinieleros. Dicen que los apretaste para que pagaran una cuota al Clú.
- Jaja, que tipos buchones. Mirá, te cuento porque sos vos. Los tipos van hace años, se instalan horas con un cafecito miserable, hacen su guita y se piran. De ahora en más, sino ponen algo en el Clú, que se vayan al Bar “El tibet”. Derecho de admisión, que le dicen.
- Bueno Ade, pero como vos decís, hace mucho tiempo que laburan así, desde que estaba yo…
- Viejo, de ahora en más va a ser así como les dije.
- Ta’ bien, vos sabrás. Otra cosa.
- ¿Quién otro se quejó?
- No, nadie. Pero supe que le sacaste trabajo al viejo Rosendo.
- Si, no nos entregaba más un laburo para el Clú. No se puede trabajar así, todavía escribe los balances en máquina de escribir con carbónico. Ni idea tiene de que existen las compus.
- Bueno, pero el trabajo lo viene haciendo…
- Si, ya sé, “desde hace muchos años” –dije sonriendo.
- Exacto. Él tipo tiene una jubilación de mierda y con el Clú hace unos pesitos.
- ¿Y que querés? ¿Qué me haga cargo del agujero provisional?
- No, claro…
- Papá, los tiempos cambiaron. El Clú tiene que manejarse de otra forma, más agil, más práctico.
- Yo lo manejé por años y nunca nadie se quejó.
- Y así quedó el Clú.
- ¿Qué querés decir? –dijo serio.
- Nada, que vos cumpliste. Fundaste con otros el Clú y lo levantaron, pero llegaron hasta ahí. Y yo quiero llevarlo más alto. Que trascienda.
- O sea, ¿no vale de nada lo nuestro?
- Sabés lo que te quiero decir…
- No, no sé –ahora francamente ofuscado.
- Bueno, te explico. Cuando dejaste el Clú, lo agarró el viejo del gordo Balbuena e hizo desastre, casi se pierde. Nosotros lo retomamos y lo estamos posicionando. Pero no nos queremos quedar en un humilde club de barrio, en una guardería para viejos que juegan al tute y al billar. Queremos que vuelva toda la familia. Y para eso, el Clú se tiene que modernizar, agrandar, mejorar. Y yo lo voy a hacer.
- A costa de dejar el tendal.
- Como sea. El que no me quiera acompañar, se puede ir cuando quiera.
- Es muy soberbio lo tuyo.
- No, te equivocás. Es realista mi postura.
Hice una pausa.
- Mirá viejo, yo no triunfé como futbolista, no pude terminar de estudiar porque no me dio el coco y mi primer matrimonio no es ejemplo para nadie. Pero al frente del Clú me siento el mejor, el más capaz, la persona indicada.
- El “único”, ¿no?
- Podés ser todo lo irónico que quieras, pero yo voy a hacer lo que vos no pudiste, o no te dio el cuero.
Eso le debió haber dolido.
- Claro, y para eso vas a andar adulterando documentación, comprando en negro, cobrándole una cuota a los quinieleros…
- ¡Pará un cachito! ¿Qué? ¿Me vas a dar consejos morales y éticos? ¿Acaso te olvidás de los talonarios de facturas truchas que hiciste en la imprenta? ¿O el estar enganchado de la luz?
- ¡Esas son cosas particulares! ¡Si pasaba algo me hacía responsable yo solito! Pero vos estás al frente de una entidad pública.
- Jaa, no me hagás reir. Un club perdido en el culo del mundo, una entidad pública. ¿Qué te creés que es? ¿El Golf Club?
- Lo que sea, pero tenés una actitud patoteril para dirigirlo.
- Será que antes eran más blandos.
- Pero no éramos totalitarios como ustedes.
- ¿Y eso por qué lo decis?
- Vaaaaamos, Ade. Hacen y deshacen a su gusto, sin consultar.
- Dame un ejemplo.
Respiró hondo.
- Sandy.
Lo miré mal.
- ¿Qué pasa con la Sandy?
- La pusiste de empleada sin conversarlo con nadie, porque se te cantó.
- ¿Y?
Se arrimó más a mi.
- No te hagás el boludo.
Me arrimé a centímetros.
- ¿Qué hay? Hablá –lo encaré.
- Que la gente habla. Vos sabés que yo la adoro a la Sandy, como a una hija. Pero también estimo a la Mabel y no me parece…
- Viejo, te estás desubicando. No es tema tuyo, ni de nadie.
- No, claro, pero…
- Pero nada. Vos sos el menos indicado para darme sermones sobre eso.
- ¿A qué te referís? –dijo apartándose.
- Ahora no te hagas el gil vos.
- Ese un tema viejo que con tu madre lo resolvimos.
- No sé si la vieja está tan de acuerdo en eso, pero bueno, es cosa de ustedes. Como este tema es cosa mía.
Quedamos en silencio un rato. Entonces me dijo:
- Mirá hijo, yo sé que sos muy capaz, siempre lo supe. Lo único que quiero es que, si puedo aconsejarte para que no hagas cagadas, no me desatiendas. Dirigir no es meter miedo, sino que te respeten. Si vas a quedar en la historia del Clú, que sea con herramientas nobles. Pero no te digo esto solo por una cuestión ética, sino porque quien se maneja bien es el que más perdura entre la gente. Te cuento algo y me voy con la nena. Cuando los generales romanos lograban una victoria resonante en el campo de batalla se le organizaba un “triunfo”, un desfile por las calles de Roma, donde era vitoreado y amado. Pero detrás de él, mientras marchaba en su carro, iba un esclavo que, cada tanto le susurraba: “Sic transit glori mundi”, que significa “Asi pasa la gloria por el mundo”. Este evento, de ser realidad, era para mostrarnos que, estemos donde estemos, no nos la tenemos que creer. Que hoy estás arriba y te aplauden, pero que, si mañana te caes, se olvidan así nomás de uno. Bueno listo, no te jodo más, me voy con la Jessi. Después paso a saludar, antes de irme.
- Ok viejo, dale.
Se fue para el comedor y me quedé reflexionando sobre lo hablado. Una frase, síntesis de todo, como muestra acabada de la conversación sostenida, vino a mis labios:
- Viejo de mierda, me metiste el dedo en el orto.



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miércoles 27 de febrero de 2008

MINIVACACIONES

- Tengo dos noticias para vos.
La Mabel estaba leyendo unos papeles, controlando algo en el ciber, cuando llegué fuera de mi horario habitual. Levantó la cabeza, mirándome media escéptica y me dijo:
- Bueno, contame la mala primero.
Le sonreí cancheramente.
- No, malaonda. Las dos son buenísimas.
Eso pareció animarla.
- Ah, que bien, contá, contá, que necesito saber algo bueno hoy, porque haciendo cuentas, este mes fui para atrás en el ciber.
- Bueno, te cuento, pero antes dame un mate y un beso.
Mate. Beso.
- ¿Viste que el Cadena se alquiló con la mina que sale, la Esther, una casa de fin de semana en Funes? Bueno, para el domingo nos invitó para que fuéramos a comer un asado y a pasar el día. Tiene pile, quincho, parque, de todo.
- Que bueno. Siii, quiero, quiero, jaja. ¿Y la otra noticia?
Terminé el mate y se lo devolví, mientras manoteaba un bizcochito de grasa.
- Es mejor. Resulta que el Cadena la alquiló por una semana más, pero la novia, que es contadora o algo así, tiene que irse de viaje el lunes. Le salió un laburo de improviso y el loco la va a acompañar. Entonces, como ya tiene garpa la casa, me preguntó si quería aprovechar y que la ocupemos nosotros. ¿Qué te parece?
- Pero no tenemos guita para pagar una semana –respondió práctica.
- No tenemos que poner una sola moneda –dije masticando el resto del manjar.
- ¿Cómo es eso?
- Es así. El dueño de la casa le debe una guita grossa al mamut y arreglaron una parte con el alquiler de la casa. Igual no creo que el Cadena le haga descuento por eso. Por lo tanto, nadie paga nada en esto. Aparte nunca me cobraría el monstruo, me debe más de un favor –concluí sonriendo a diente batiente.
La Mabel pensó un momento y me dijo:
- Con la comida no habría drama, porque gastaríamos lo mismo que acá. Aparte, me vendría bien cerrar el ciber un tiempito. Gasto más en aire acondicionado que lo que entra.
Me le acerqué más y la tomé de la cintura.
- Eso, sumado a que, si a la Jessi la mandamos de tu ex y al Eze de mis viejos, nos daría un par de días… solitos –le dije mientras le empezaba a acariciar la cola.
- Hmmm, suena interesante.
- ¿Entonces…? –pregunté ansioso.
Nos miramos, nos sonreímos y dijimos a la vez:
- Y daaaaaaaaleee.

Llegamos a eso de las diez y media de la mañana. La casa era bastante grande, con el chalet en el frente y el garage abierto que dejaba ver el parque en el fondo, donde ya había gente desde temprano. Mientras la Mabel acomodaba todo dentro con la ayuda de la Jessi y la Esther, nos fuimos con el Eze a saludar al resto. Los dos chicos nos habían acompañado a pasar el día; luego se volverían a Rosario llevados por el Cadena.
El parque era inmenso, bien cuidado, con plantas de todos los colores. En el fondo estaba el quincho, al lado de una pileta de un tamaño considerable. Más atrás se veía un espacio con una red para jugar voley o fútbol-tenis. En la gran parrilla estaba el Nono con el Rengo preparando el fuego. Despatarrados en unos sillones de jardín y tomando una Quilmes, aparecían el Ruso, el pelado Canasta y el Cacho. El Mamasa hacía una especie de plancha en la pileta, asemejando a un destructor de la Gran Guerra. Al costado, tomando sol, se veía a la Betty, esposa del Ruso, la mujer de Canasta, la Lily y la Sandy.
Ésta última se levantó para venir a saludarnos. Aunque la bikini no era mínima, no alcanzaba a tapar todos sus atributos. Le di un beso y le presenté al Eze:
- Sandy, no sé si te acordás de Ezequiel, el hijo de mi hermano. Eze, ella es Sandy.
El pibe dijo titubeando:
- Ho… hola.
La Sandy lo miró, me miró y dijo:
- Cuando deje de relojearme las tetas, lo saludo, jajaja.
El Eze alzó la vista sonrojado.
- Nooo, yo… no, je… no.
- Andá pajero, saludá a los demás –lo amonesté.
Mientras nos reíamos con la Sandy por lo sucedido, apareció la Mabel y nos quedamos conversando los tres, hasta que mi jermu me pidió que fuéramos a terminar de ordenar lo nuestro y cambiarnos. La Sandy giró para ir con las demás mujeres y, de reojo, alcancé a ver una mueca de la Mabel, al apreciarse los contornos posteriores de la piba.
Pusimos unos tablones debajo de los árboles y empezamos a armar la mesa para el almuerzo. Una vez hecho esto, me metí en la pileta un rato junto al Eze y la Jessi, hasta que nos llamaron a comer. El asado estaba estupendo, la carne era de primera y el Nono nos prometió para el final un matambrito de cerdo de lujo. Comimos como desnutridos y, la verdad, los quilombos quedaron de lado. No hay mejor terapia que reunirse con gente querida, charlar y reírse de boludeces para sentirse en el más lindo de los mundos. Íbamos regulando la digestión para hacerle lugar al manjar prometido cuando se escuchó un grito proveniente de la parrilla. Era el Rengo.
- Hijos de puta!! Se afanaron el matambrito!!
Instantáneamente miramos al perro del Cadena, en un claro gesto prejuicioso. Pero al momento desechamos esta alternativa, ya que la altura del cánido no daba para semejante “asalto”. Nos reunimos alrededor de la parrilla presurosamente. El Nono, desde atrás, exclamó:
- Qué nadie toque nada!! Hay que preservar la escena del crimen.
Lo miramos extrañados. La Esther aclaró un poco la cuestión:
- Lo que pasa que el Nono está mirando mucho “CSI” últimamente.
El mencionado no hizo caso al comentario y empezó a examinar el escenario, haciéndonos alejar un poco.
- Acá hay indicios que muestran que el autor de la ofensa se dirigió al interior de la casa. ¡Siganmen!
Lo hicimos, ansiosos por una respuesta al enigma. El improvisado detective se detuvo en la puerta del baño.
- Lo debe haber comido ahí adentro –dedujo entrando al recinto.
Nos quedamos fuera aguardando.
- ¡Ajá! –se le oyó decir.
- ¿Qué es? –quisimos saber.
El Nono salió con el cesto que se coloca al lado del inodoro, mostrando algo de su contenido y provocando rechazo en más de uno.
- Acá están los restos del matambrito. Parece que fue demasiado para el estómago del criminal. Pero, como ustedes verán, fue alguien muy cuidadoso, muy ordenado, prolijo, pulcro...
Todos giramos para observar al Cacho, quien estaba detrás de todos. Su estampa lo vendía: ni una gota de sudor, bien peinado, ropa sin arrugar, afeitadito…
- ¿Qué? ¿Por qué… me miran? –titubeó el sospechoso.
El Nono no dudó.
- ¡A él! ¡Qué no escape!
Viéndose perdido, el Cacho admitió su culpabilidad con su accionar.
- ¡No me atraparán! –gritó desbocado.
Pudo escapar de nuestro asedio, pero no de las garras del Mamasa quien se había quedado en la entrada del chalet.
- ¡Hay que ejecutarlo! –gritó alguien.
- ¡Noooo! –suplicó el condenado -. ¡Si no iba a alcanzar para todos el matambrito! Un pedacito para cada uno, ¿quién podría disfrutarlo?
Como respuesta lo agarramos por las manos y los pies y, así tomado, fue a parar al fondo de la pileta, perdiendo toda su elegancia.
Nos reímos a carcajadas un rato largo, hasta que la llegada del tiramisú nos convocó nuevamente a la mesa. El Cacho fue castigado con una porción menor, cosa que tomó con estoicismo.
La tarde fue agradable y divertida. Un poco de deporte, cartas y mucho mate. Hasta hicimos un concurso de eructos, donde la Sandy salió segunda, lejos del primer puesto ostentado por el Mamasa, quien con un trago de Coca te hace el himno nacional.
En un momento me tocó ir a buscar la pelota que había ido a parar cerca de la ventana de la cocina. A través de ella vi a la Mabel y a la Sandy juntas, limpiando los platos de espaldas a mi. La visión de esos dos culos era un espectáculo gratificante y al quedarme apreciando tamaña visión, pude oír cuando la Sandy decía:
- ¿Viste Mabel? El Ade te lleva diez años, igual que vos a mi.
La Mabel no levantó la vista al contestar:
- O sea, que él te lleva veinte a vos, ¿no?
Creo que la Sandy entendió que, si es que alguna vez la hubo, la “tregua” con mi mujer había terminado. Preferí seguir jugando con los muchachos y me alejé.

A las siete y media de la tarde se fue el último de los asistentes, el Cadena. Antes de partir me recomendó que asegurara todo, porque en TN habían dicho que se venía tormenta. Le respondí que nunca le daba pelota al bala de Confesore, que si el tipo decía “Buen día”, yo salía a mirar por la ventana para asegurarme. Igual lo tranquilicé diciéndole que me haría cargo.
Con la Mabel estábamos muertos de cansancio, así que cenamos unos sandwichitos y nos dispusimos a pasar la noche. Preparamos la cama y, cuando ya me empezaba a poner mimoso, me dice que la espere un momento, que iba al baño. Me estiré en el lecho desperezándome lentamente, mientras afuera se escuchaba que soplaba viento.
Al instante, ya se sentía como un ventarrón, aunque no me preocupó porque estaba todo asegurado en su lugar. En ese momento apareció la Mabel en la puerta de la habitación.
Tenía puesto un corpiño y una tanga roja de tamaño reducido, y arriba un baby doll cortísimo y transparente. Giró sobre sí misma y pude apreciar que un hilo solo tapaba su cola. Una respuesta eréctil acompañó mis pensamientos. Se fue acercando lentamente y cuando puso una rodilla en la cama… se apagó todo.
- ¿Qué pasó? –preguntó asustada.
- Nada, ¿que va a ser? Se cortó la luz, capaz que el viento cortó algún cable. Confesore y la recalcada c…
La busqué en la oscuridad y la atraje hacía mi.
- Igual no necesitamos la luz para…
Se oyó un ruido.
- ¿Qué fue eso? –dijo agarrándome.
- No sé, vení que…
Otro ruido y voces.
- ¡Hay gente! –me dijo ahogando un grito.
Saqué la linterna de la mesita de luz y me decidí a encarar al visitante, armado con el cinto y seguido de cerca por la Mabel. Los ruidos venían de la entrada. Le hice señas a mi mujer de que no dijera nada y apagué la linterna. Tanteando llegamos hasta el living. La tormenta se había desatado y la luz de un relámpago dibujó dos siluetas. Salté hacia delante prendiendo la linterna y blandiendo el cinturón al grito de:
- ¡¿Quién mierda son?!
La luz me dejó ver a una pareja de un muchacho y una mina algo mayor que él. Ambos gritaron del susto, después gritó la Mabel. Para no ser menos, grité también.
- Pará loco, ¿qué hacen acá? –preguntó el tipo.
- Yo pregunté primero, boludo –le sontesté.
El muchacho pidió calma con las manos.
- Vinimos a pasar la noche, no sabíamos que había gente. ¿No iba a estar vacía la casa esta noche?
- ¿Y cómo sabés eso vos? –quise saber.
- Laburo para el dueño de la propiedad y me enteré que hoy se iba el Cadena, que recién mañana venían los nuevos. Por eso le saqué un duplicado de las llaves que tiene en la oficina y me vine. A pasar un rato con ella.
Ella era una grandota con una pinta infernal de gato que se estaba arreglando la poca pilcha que traía puesta. Le pregunté:
- ¿Y justo hoy te venís con una trola acá?
Y mirándola a la mina, agregué:
- Sin ofender.
- Ta –dijo sin inmutarse la aludida.
El muchacho me miró y sonrió:
- Bueno, vos también te viniste con un gato, ¿no? –dijo señalando con la cabeza a la Mabel que estaba con su ropa sexy a mi lado.
Mi mujer se le fue encima, pero la contuve, diciéndole al nabo:
- Es mi mujer, pelotudo.
- Ah, perdón –dijo algo confuso.
Volví sobe la cuestión.
- Bueno pibe, esto no da para más. Nosotros somos los que veníamos mañana, pero arreglamos con el Cadena para venir antes, así que… -les dije enseñándole la puerta.
- Nooo, no me podés hacer esto. Mirá la tormenta que hay afuera. No hay un pedo de luz en ningún lado, dejanos pasar la noche acá, ¡por favor! –suplicó el tipo.
La consulté con la mirada a la Mabel y, luego de un momento, asintió.
- Ok, acomódense en la segunda habitación. Pero mañana a la mañana, haya o no tormenta, se rajan, ¿si? –dije señalándolos.
- Gracias hermano, te debo una.
Ya se estaban retirando a su cuarto alumbrándose con el celular, cuando la mina se dio vuelta y nos dijo:
- Che, si armamos una fiestita entre los cuatro, les hago precio.
La Mabel no se aguantó y le mandó:
- ¡Tomátelas!

Acostados uno al lado del otro, con la Mabel sentíamos que el hechizo se había quebrado, por lo que, de común acuerdo, dejamos la “chanchada” para más tarde. Ya nos invadía el sueño cuando se empezó a sentir jadeos de la pieza contigua, cada vez con mayor ahínco. Al principio nos reímos, pero no tardó en surtir un efecto lujurioso en nuestra libido, provocando una acometida mutua. Ya satisfechos, disfrutábamos del sopor posterior, cuando a los pocos minutos se volvieron a escuchar manifestaciones inequívocas de actividad sexual en la pareja invitada.
- Parece que el flaco anda entusiasmado –ironizó la Mabel.
- Seee, va a quedar hecho moco.
Una vez hecho el silencio, me dispuse a descansar plácidamente como para retomar fuerzas y así continuar con nuestra faena particular. Pero al cabo de lo que me pareció poco tiempo, estos degenerados reiniciaron su show. Era demasiado. Le dije a la Mabel que iba a tomar agua y volvía. Me acerqué a la puerta de la habitación anexa y golpeé suavemente, pero firme. Al momento salió el flaco con una expresión entre demacrado y glorioso.
- ¿Si?
- Salí afuera un cachito, por favor –le solicité.
Así lo hizo. Acerqué mi cara a la suya a solo un centímetro.
- Escuchame pedazo de enviagrado, te voy a decir una sola vez, una sola cosa: aflojá con ese ritmo alucinante y no me hagás quedar para el orto o te mandó a dormir a la calle de una patada en el ídem. ¿Se entendió?
- Claro y preciso –contestó haciendo el Ok con la mano.
Regresé a mi cuarto y el resto de la noche fue una perfomance decente, occidental y cristiana.
A la mañana los instamos a pirarse antes del desayuno y me dediqué a ordenar la casa que había sufrido el embate de la tormenta. A media mañana fui a buscar a mis viejos y a mi suegra, quienes se quedaron hasta el martes. El miércoles vinieron unos amigos de la Mabel y, a partir del jueves, quedamos amos y señores del feudo, sin interferencias. La pasamos rebien, tranquilos, descansando, charlando, mimándonos, queriéndonos. La Mabel anduvo todo el tiempo como a mí me gusta: en patas, en calzones y con las tetas al aire. Yo no salí de mi sobriedad con mi pantaloncito de fulbo negro Adidas Mundial ’74. Sólo nos faltó coger encima de la parrilla, pero casi.
El domingo pegamos la vuelta. En el camino de regreso pensaba: las vacaciones son como el “fin de semana” del año, donde uno carga baterías para afrontar el resto de los días. Dejé mis “dragones” a un lado, esto es quilombos, conflictos y traumas, y restañé mis heridas. Esa semana fue de felicidad, una pizca dentro de la malaria circundante, pero nos alcanzó, a la Mabel y a mi, para hacer frente a lo que se viniera.
No es poco.


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miércoles 13 de febrero de 2008

LA SANDY (Parte 2)

Mientras la Mabel organizaba con su vieja la cena del primero de año, me fui a tomar unos mates mientras miraba TN. Mucha atención no le presté a la tele, porque me enganché pensando en lo que fue…

Cuando la Sandy tenía 17 años abandonó el secundario. En ese tiempo yo estaba transitando por mi primera ruptura con Luisa, mi mujer. Pasaba bastante tiempo en el Clú y a las noches me iba a la casa de mis viejos que estaba como a veinte cuadras de allí. Me opuse tenazmente a la decisión de la piba y la terminé convenciendo de hacer un bachillerato para adultos, diciéndole que la iba a ayudar en los estudios, hasta donde me diera el bocho.
Compartíamos muchos momentos juntos, ya sea paveando en el Clú o yendo a caminar por ahí. Llegamos a ese punto de una relación donde uno sabe todo del otro y ya no hace falta hablarse para entenderse o saber como está la otra persona.

Pero un sábado se complicó la cosa. Habíamos quedado con la Sandy en alquilar unas pelis (una romántica y otra de acción para conformar a los dos) y verlas en el reproductor del Clú. Cuando volvía en la camioneta de ver a mis pibes, sonó el celular. Era la Nélida (una mina casada con un chofer de larga distancia con la que habíamos tenido un par de encuentros bilaterales) que me decía que el marido había tenido que salir de raje a hacer un reemplazo y que, si quería, me esperaba en su casa. Le dije que sí, ya que descontaba que la Sandy entendería la situación. Se ve que no la conocía bien a la piba.
- ¿Así qué me pensás cambiar por una turra? –me dijo verdaderamente enojada.
- No, ¿qué decís? Pero entendeme, se dio de improviso –dije disculpándome.
- ¿Y yo qué? –insistió.
- Nada, que se yo. ¿No podés invitar a una amiga?
Me fulminó con la mirada, para luego cambiar el semblante con una sonrisa que no me gustó nada.
- Si, tenés razón, voy a invitar a alguien.
- ¿Viste que todo tiene solución? –dije sonriendo y, dándole un beso fugaz en la mejilla, me fui a cambiar.

Al día siguiente, a la nochecita, me di una vuelta por el Clú. La noche anterior había sido agitada con la Nélida, por lo que andaba con pocas ganas de hacer algo. En la puerta estaba la Lily hablando con el Mamasa, así que me quedé con ellos conversando de lo que fuera. No recuerdo de qué nos estábamos cagando de risa, cuando entró la Sandy, rápidamente y sin saludar. Nos miramos extrañados y la Lily la siguió hasta el baño. Como tardaban en regresar me fui acercando, hasta que oí decir a la Sandy:
- No le digas nada al Ade, por favor…
- ¿Qué no me diga qué? –pregunté abriendo repentinamente la puerta del baño de damas.
La Sandy levantó su rostro sorprendida y pude ver un pequeño corte en su mejilla. Me desesperé.
- ¿Qué te pasó? ¿Quién te hizo eso? Decime que lo mato.
- No es nada Ade, dejá –me pidió casi sollozando.
- Pero mirá como estás…
Quise avanzar, pero la Lily se interpuso y me ordenó:
- Ade, después te explico. Ahora dejanos solas.
La mirada suplicante de la Sandy me hizo acatar y me dirigí a sentarme solitario en la barra del buffet, hasta que se me sumó el Mamasa. Al rato salieron las dos mujeres del baño y se dirigieron hacia la casita del fondo. Tras unos minutos apareció la Lily y me contó.
La Sandy, al frustrarse nuestra velada había invitado a Gonzalo, un pibe de unos 19 años, jugador del Clú, que hacía rato venía dándole vueltas a la piba. La cuestión es que se pusieron mimosos y terminaron en la cama, lo que representaba la primera vez para la Sandy, no así para él, ya que tenía facha y buen arrastre con las minitas del barrio. No pude disimular un gesto agrio en esta parte del relato, pero ahí no terminó la cosa. A la madrugada, la Sandy lo obligó a irse, con la condición de verse luego. A la tarde se ve que el pibe anduvo boqueando con los amigos sobre lo acaecido y la Sandy fue alertada por una amiga. Cuando fue a reclamarle, el tipo estaba en el kiosco del Loro con un grupo de pendejos como él, así que, para no quedar flojo, la empezó a maltratar delante de ellos. Hasta que la Sandy le encajó una cachetada, haciéndolo callar. El pibe reaccionó pegándole con el dorso de su mano en la mejilla, pero el anillo que llevaba puesto lastimó apenas el rostro de mi princesa.
No quise saber más y encaré hacia la salida para rumbear hasta lo del Loro. En la puerta se había agregado el Cadena, quien junto a su hermano quisieron detenerme, arguyendo que ellos se encargarían. Les dije claramente:
- Si me quieren acompañar, todo ok. Pero del guanaco me encargo yo.
Mi mirada los convenció y se hicieron a un lado.
Cuando Gonzalo me vio llegar, no le costó mucho entender el motivo de mi visita. Saludando rápidamente enfiló para la otra esquina, pero al ver recortadas las inconfundibles siluetas de los hermanos Benítez, desistió y llamó al dueño del kiosco:
- Loro! Loritoo!! Dejame pasar, por favor.
- ¿Por? –preguntó fastidiado el aludido.
- Porque me matan.
- Por tocar a la Sandy, si no te mata el Ade, te reviento yo.
Viendo que su pedido de asilo no era aceptado giró para enfrentarme, pero yo ya estaba encima de él. Con la mano izquierda lo tomé del cuello y lo estampé sobre un poster de Coca-Cola. El ruido de chapa fue importante.
- Disculpá Loro, te lo arruiné, creo –le dije.
- No pasa nada, Ade. Igual la promo ya había terminado, seguí con lo tuyo. –me contestó.
Cuando tomé impulso para embocarlo con la derecha, sonó un celular que me desconcentró. Era el de él. Me hizo señas para ver si podía atender. Accedí y habló:
- ¿Si?... Ah, hola Ma… si, acá, con los chicos… Pará, no sé, a ver… -tapando con la mano el micrófono- Disculpá Ade, pero… Cuánto tiempo calculás que le vas a dedicar a lo mío?
Miré el reloj, me encogí de hombros y le contesté:
- No sé, cinco… diez minutos, a lo sumo.
- Bien –dijo.
Y retomando la charla telefónica, agregó:
- Ma, calculale entre 20 minutos y media hora… Si, dejame morfi… Si, todo bien… Siiiiii… Mami, no me rompas las bolas! Ya voy!! –y cortó.
Guardó el celular y me miró, diciendo:
- Estas madres… je. Bueno, ¿en qué estábamos?
Duró quince la golpiza, hasta que el Mamasa intervino, separándome. El pibe estaba de rodillas, bastante estropeado. Me incliné y le tomé la cara, para decirle:
- Tres cosas: una, apenas te repongas quiero que le pidás disculpas públicas a la Sandy. Dos, a partir de eso vas a tener una orden de restricción con respecto a ella, o sea, te le acercás y te reviento; y tres…no me gusta que le hayas gritado a tu vieja.
Y le metí un revés.

No comentamos demasiado del tema con la Sandy, ¿para qué? Ya había sido. Ella se sintió despechada por mi desplante y tomó revancha a su manera. No puedo explicarlo: no éramos novios, ni hermanos, ni siquiera amigos. Ella era (es) mi Sandy y yo su Ade. Y nos celábamos, nos absorbíamos, nos queríamos. Con el tiempo rearmamos nuestra relación y seguimos como antes, como las cosas que son para siempre.
Hace cinco años, luego de reintentar con Luisa, se intensificaron las discusiones con mi ex esposa, llegando a límites insostenibles. Una noche, harto de las agresiones verbales mutuas, me encerré en el Clú y me bajé una botella de vodka yo solito. Estaba para el cachetazo, cuando llegó la Sandy y me vio en ese deplorable estado. Con mucho esfuerzo, alcanzó a llevarme a su cuarto y me hizo recostar. El mundo empezó a girar raudamente a mi alrededor. No recuerdo mucho. Sé que hablé bastante, incluso levanté la voz hasta que la Sandy me hacía bajar los decibeles, sentada en el costado de la cama. Ella me hablaba para calmarme, mientras me acariciaba el pelo. El cansancio me atrapó y fui dejándome caer, pero antes de sentir el dulce desvanecimiento, creí sentir (¿o lo soñé?) los labios de la Sandy rozando los míos.
A la mañana siguiente, con el cerebro retumbando y luego de recordar donde estaba, me levanté para irme a laburar. La Sandy había tirado un colchón en el suelo y ahí descansaba. Abrí la puerta del cuarto sin hacer el menor ruido y la claridad me taladró la vista. Cuando iba cruzando el patio que comunicaba con el Clú, me percaté que me estaba observando doña Cata, la vecina de al lado, que en ese momento estaba colgando la ropa. La saludé con un tibio ademán y me fui.
Al mediodía, cuando paré para almorzar, ya era voz del pueblo que había pasado la noche con la Sandy. Doña Cata había desparramado el chisme a quien quisiera oírlo, generando una reacción en cadena. Con la Sandy decidimos que no teníamos que explicar nada, ya que nada había pasado y, de última, era tema nuestro.
Luisa no lo tomó así y reinició con más ahínco sus ataques contra mí. Habiendo quedado en el medio, la Sandy creyó mejor darse un respiro. Como había retomado contacto con su verdadera madre, la cual estaba asentada en Bahía Blanca, decidió ir a visitarla hasta que el clima imperante cambiara. Allá se sintió más cómoda y, sin darse cuenta, terminó por acostumbrarse. Empezó a salir con un muchacho que laburaba de embarcado y ya empezaba a echar raíces.
Por mi parte, con Luisa estuvimos con idas y vueltas unos seis meses más, hasta que nos separamos definitivamente.
La sandy, en estos momentos, estaba pasando un mal trance con su pareja y, cuando él tuvo que embarcarse nuevamente, la piba se vino a pasar unos días a su viejo barrio.

Ya el agua del mate estaba fría, por lo que me incorporé para calentarla cuando me topé con la Mabel que venía a buscarme.
- Ade, te quería decir algo, a ver que te parece –me dijo.
- Dale, ¿qué es?
- Estaba pensando que, para la cena de esta noche, podías invitarlo al Rengo y, de paso, que se venga con la Sandy.
Hizo una pequeña pausa.
- Así se ponen al día, digo –agregó.
La miré, torcí un poco la cabeza, le sonreí y la abracé.
La comida estuvo buena. Charlamos, nos reímos, recordamos, nos dio nostalgia, pero bien. En un momento la Mabel empezó a juntar los platos y la Sandy, presurosa, se ofreció a ayudarla, cosa a lo que mi mujer aceptó. Yo sonreía viendo que, quizás, un conflicto menos se iba evaporando, cuando se me cruzó por la mente una reflexión. Hay un viejo axioma que dice: “A los amigos hay que tenerlos cerca y a los enemigos… más cerca aún”. O sea, debía estar atento. Pero como dice mi viejo: los problemas se atienden cuando se presentan.
Así sea.



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miércoles 30 de enero de 2008

LA SANDY (Parte 1)

(Para mi Nin)
Cuando Sandy abrió los ojos, notó que mi mirada se dirigía hacia la vereda del Clú. (Para mi Nin) Deduciendo por mi expresión, se fue descolgando lentamente de mi cuello y miró hacia afuera, donde la Mabel nos observaba. Rápida de reflejos, fue corriendo a su encuentro y la abrazó efusivamente, besándola en la mejilla. Luego se separó para mirarla mejor, mientras la agarraba de las manos.
- Mabel, sos tan linda como me había contado Ade -le dijo.
Y volviéndose a mi, agregó:
- Parece que te sacaste la grande, guacho -y la volvió a abrazar.
La Mabel estaba como apabullada. Alcanzó a preguntar:
- Hola, gracias, ¿vos sos...?
Ahi intervine.
- Es la Sandy, la sobrina del Rengo -dije tomando a la Mabel de los hombros por detrás suyo.
- Sobrina adoptada -aclaró la recién llegada.
- Como quieras -concedí, sonriendo.
La Mabel hizó una media sonrisa y noté que abrazaba mi campera con más ahínco.
- Me trajiste abrigo, gracias -dije, extendiendo la mano para tomarla.
Como no aflojaba la presión de sus brazos, me costó un momento retirársela, por lo que la miré extrañado. Ella tenía la vista clavada en la Sandy, sin dejar de sonreir.
Se creó un momento de silencio incómodo, que fue roto por las palabras de la piba:
- Bueno, deben estar cansadísimos ustedes. Yo me voy a saludar al Rengo y a ver donde me puedo ubicar.
- ¿Te pensás quedar un par de días? -pregunté.
La Sandy se encogió de hombros ligeramente y respondió:
- La verdad no sé, tengo que ver que hago.
Había un dejo de tristeza en sus palabras, lo que me motivó a querer indagar sobre lo que lo provocaba. Pero la presencia de la Mabel me hizo optar por dejarlo para otro momento.
- Bueno, después lo hablamos, si querés. Nos vamos a dormir nosotros.
- Ok, dale. Que descansen -dijo algo fatigada.
Se acercó y nos dió un beso a ambos. Se apartó y levantó apenas la mano, a modo de saludo.
- Chau Ade, chau Mabel. Hacen una linda pareja.
La Mabel, a modo de respuesta, sonrió un poco más.
Pasé mi mano por sobre su hombro y nos fuimos caminando para la casa. La noté tensa, todavía de brazos cruzados. Cuando estaba por preguntarle si le sucedía algo, se arrimó más a mi y me tomó firmemente con ambas manos de la cintura. Uní mis dos brazos a su alrededor y la besé en la cabeza. Así agarrados llegamos a nuestro lugar, mientras en lo más recóndito de mi ser un "oh oh" de advertencia se hacía oir débilmente.

Estaba amaneciendo cuando empecé a quedarme dormido. La Mabel descansaba con su cabeza apoyada sobre mi pecho y su mano izquierda tomaba mi costado. El pasado afloró sin obstáculos.

Cuando la Sandy era apenas una bebé, la mujer del Rengo, Doña Ana, la trajo a vivir con ellos en los fondos del Clú, donde tenían su vivienda. A modo de explicación, dijo que era la hija de una amiga que no podía atenderla, por lo que ella decidió hacerse cargo, ya que no tenían hijos propios. Para el Rengo fue suficiente razón y no objetó nada a lo resuelto por su mujer. Doña Ana era la encargada de la limpieza del Clú y su marido, ya desde entonces, estaba al frente del buffet. Mi viejo era, en ese tiempo, presidente de la entidad y yo jugaba en la primera del Clú como volante, para despuntar el vicio, ya que no me pude bancar la disciplina de los clubes grandes y había decidido trabajar junto a mi viejo en su imprenta.
La Sandy creció entre artículos de limpieza, camisetas de fulbo y envases de cerveza. Todos la adoraban y se disputaban para mimarla, pero era conmigo con quien mejor se llevaba. Cuando iba al Clú a jugar al pool o al ping pong, me recibía corriendo hacía mi para que la levantara por el aire y no se despegaba de mi lado hasta que Doña Ana la llamaba para comer o lavarse. Entonces, me daba un abrazo "grande, grande" y se iba rápido a los saltitos para no enojarla.
Las fiestas de sus cumples eran impostergables para mí y ella ansiaba mi llegada con el regalo que fuere, ya que igual lo iba a poner por encima de los demás.
Cuando llegó la época de la escuela, solía llevarla o pasarla a buscar si andaba con poco laburo y, a veces, me quedaba con ella mientras hacía los deberes. Los fines de semana no nos veíamos mucho, ya que yo salía a divertirme con mis amigos. Pero los domingos, si había partido, ahí estaba sentada en la tribuna, firme junto a sus "tíos" adoptivos, hinchando por nuestro equipo.
El día que conoció a Luisa, la que por entonces era mi novia y futura esposa, fue la primera vez que vi su rostro entristecido. Pero terminó aceptándola, con resignación, luego de una charla que tuvimos y donde le aseguré que, por más que fuera, no iba a olvidarme de ella. Igual no volvió a ser lo mismo. Cuando ella tenía 7 años y yo 27, contraje matrimonio y nuevas obligaciones. Nuestros encuentros fueron más espaciados, pero nos manteníamos en contacto. Incluso cuando nació mi primer hijo fue una de las primeras personas en tenerlo en brazos.
A sus 11 años la desgracia nos visitó. Un puto y fulminante cáncer se llevó puesta a Doña Ana en menos de tres meses. Yo estaba de viaje cuando me enteré y me pegué la vuelta para estar en el velorio. La Sandy había estado todo el tiempo silenciosa, sin llorar, siempre al lado del Rengo, tomándolo de la mano. Cuando me vió llegar su cara se iluminó y vino a mi encuentro. La abracé tiernamente mientras ella dejaba escapar el llanto por primera vez. Así estuvimos un rato largo, sin decirnos nada, consolándonos con la presencia del otro.
A partir de ahí, y pese a los reclamos justos de Luisa (para ese tiempo ya había nacido mi hija), me hice tiempo para estar junto a Sandy cuando lo necesitara, pero sin descuidar a los míos, eso nadie me lo puede reprochar. Aunque el Rengo vivía para ella, había momentos en que sus ocupaciones lo alejaban, por lo que entre toda la gente del Clú nos habíamos organizado para tenerla atendida y cuidada. Era nuestra princesa y nosotros sus humildes servidores.
Cuando fue la época en que cumpliría 15 años, nos pusimos todos en campaña para celebrarle la mejor fiesta que pudiera tener. Juntamos una buena cantidad de guita y ayudó el hecho de que las instalaciones del Clú estaban totalmente a nuestra disposición. La Lily, junto a un par de vecinas, le hizo el vestido con el que parecía de la nobleza. Cuando ingresó al salón, radiante en su belleza y ternura, no pudo evitar emocionarse ante la vista del esfuerzo y cariño que habíamos puesto en brindarle ese momento único.
La fiesta se desarrolló sin mayores inconvenientes, hasta que, cerca de medianoche, oímos el ruido de vidrios rotos. Una pedrada había atravesado el ventanal del frente, causando tremendo cagazo a la concurrencia. Nos dirigimos a la entrada en tropel, ansiosos de saber que ocurría.
Cuando llegué a la puerta, entre el tumulto, vi a mi viejo hablando con el Cadena, como dándole indicaciones. Me daba bronca que no me confiara la solución de estos temas, pero él argumentaba que yo estaba para dirigente, que la fuerza bruta debían aplicarla otros. Al terminar de salir a la vereda, observé la causa del conflicto: una veintena de muchachos estaban formados en actitud desafiante y con ganas de arreglar cuestiones sin el uso de palabras. Estaban comandados por un desgarbado especímen: el benemérito Cortapluma, un integrante menor de la hinchada del Clú, con ínfulas de barrabrava.
El Cadena se adelantó y le habló en voz alta:
- ¿Qué pasa, loco?
Cortapluma estaba ocupado en limpiarse las uñas con una ídem. Levantó apenas la vista y habló despacio:
- Pasa que parece que el Clú está lleno de gente desagradecida e irrespetuosa.
No esperó respuesta y continuó:
- Resulta que nosotros, incansables e inclaudicables simpatizantes de la entidad, quienes tenemos como norte la grandeza del Clú, somos olímpicamente dejados a un lado cuando pinta una ocasión para el regodeo y la sana diversión.
¡Qué personaje, por Dios! Cuando estaba sobrio parecía en estado vegetativo. Ahora, en pedo, mostraba una elocuencia digna de mejores fines.
- ¿De qué carajo hablás? -se impacientó el Cadena.
- Hablo desde el sentimiento -pontificó el inadaptado- que, debajo de esta pétrea coraza, aflora ante la injusticia de quienes se revuelcan en la bonanza neoliberal y no nos dejan participar de la repartija económica.
Hizo una pausa para crear el clima y, apuntando con su dedo índice hacia mi viejo, dijo:
- Presi, me extraña que nos haya dejado afuera al no invitarnos a la fiesta de... de...
Miró a uno de sus allegados, quien le susurró el dato.
- De la Sandy, eso.
El Cadena le señaló la rotura del vidrio y le dijo:
- Por eso no fuiste invitado, por quilombero.
Cortapluma sonrió apenas y sentenció:
- Ok, ustedes eligen: o somos partícipes del evento o esta noche va a ver más que un mísero cristal pulverizado.
La Sandy estaba pálida del miedo y la bronca. Me miró angustiada, consciente de que ninguna alternativa era buena. Si entraban, estaríamos a merced de sus desmanes y si los enfrentábamos sería peor para todos. De una u otra forma, la fiesta estaba arruinada.
Cuando vi que el Cadena le hacía señas a su hermano, el Mamasa, como para prepararse para la embestida, se me ocurrió la única alternativa posible: la guita. Asi que, levantando la voz lo más que pude, les hablé a todos:
- ¡Un momento! Creo tener una solución al problema que nos va a dejar a todos conformes.
Todas las cabezas se volvieron hacía donde yo estaba. Cortapluma estiró el cuello para ver mejor al emisor de la propuesta superadora.
- ¿Y vos quién corno sos? -preguntó el animalejo.
- Soy Ade, el hijo del presidente del Clú y, si nos apartamos un poco para hablar más reservadamente, te explico la cuestión, ¿si?
El personaje siniestro consultó con la mirada a sus lugartenientes y luego accedió.
Nos pusimos a un costado del foco de conflicto y me preguntó:
- ¿Vos no jugabas de cinco en el Clú? No te vi más en las canchas.
- Así es, me cagué las rodillas -dije serio.
- ¿Rotura de ligamentos?
- No, diarrea estival.
Al instante me puteé interiormente por hacer chistes boludos en situaciones de tensión, tal como era y es mi costumbre.
Pero el subhumano no percibió la humorada, debido a su estado vitivínicolo. Pareció recordar algo:
- Yo también tuve que abandonar el fulbo en el mejor momento.
- ¿Estabas jugando bien?
- No, ni ahí. El mejor momento del equipo. Todos jugaban bien, menos yo, que siempre fui un troncazo. Por eso me especialicé en lo mío y hoy soy un TUSAM.
- ¿Un qué?
- Técnico Único Superior en Apoyatura Multitudinaria.
- Ta' bien, lo bueno de tener un oficio.
- Satamente. Pero bueno, ¿Cuál es la propuesta, che?
Le expliqué. Ya que entendía que fue una falta de consideración hacia su persona el no invitarlo al evento, me parecía que la mejor forma de saldar el asunto era resarcirlo económicamente. La cuestión era que, debido al momento, el dinero iba a estar disponible para el día siguiente y le sería entregado en las instalaciones del campo deportivo del Clú.
Cortapluma quedó conforme con el arreglo y convinimos el horario de entrega y la cifra que cubriría la ofensa provocada. Nos estrechamos la mano a la vista de todos y, con una seña de su parte, la horda tenebrosa inició el repliegue.
Los invitados me rodearon preguntando que le había dicho. Entonces, imitando la voz de Don Corleone, les dije:
- Le hice una oferta que no pudo rechazar.
Todos rieron y volvimos al salón. La Sandy estaba parada en la puerta y, cuando pasé a su lado, se me colgó del cuello y me estampó un sonoro beso en la mejilla, gesto que no pasó desapercibido para Luisa.

Al día siguiente, por la tarde, Cortapluma se hizo presente con dos de sus allegados a cobrar su tributo. Cuando ingresó en el vestuario y se vió rodeado por un grupo de pichones de gorila, maldijo por lo bajo el hecho de que, por su codicia, no hubiera tomado más precauciones.
Con lo que quedó de los tres no armaban uno. A los seis meses, ya recuperado de la golpiza, se casó con la gorda Mercedes, su ocasional enfermera, quien le dió tres hijos y lo vive recagando a pedo. Pero lo sacó del mal camino y ahora es un laburante responsable y feliz.

La memoria me abandonó debido al cansancio. A la tardecita, cuando me levanté, los recuerdos despertaron conmigo.

(Continuará)



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miércoles 2 de enero de 2008

FIN DE AÑO (Capìtulo Final de Temporada)

Sentado en el inodoro, la idea, que me había estado dando vueltas al dormirme la noche anterior, iba tomando forma. Ya en la ducha, lo tenía decidido: la fiesta de fin de año se haría en el Clú. Además de festejar, se aprovecharía para resaltar los logros del año, sobre todo en materia futbolística y, de paso, se podrían hacer un par de anuncios rimbombantes para el nuevo período. Ya pensaría en algo.
La Mabel estaba sentada en el patio preparando el mate matutino. Sobre la mesa de plástico una bandeja con crocantes medialunas saladas captó mi atención, pero la Turca no me dejaría probar antes de cebar, asi que toqué su hombro derecho mientras iba por el lado contrario. Cuando giró no vió a nadie y, al volver la mirada, yo ya estaba sentado con una deliciosa factura en mis garras. Musitó un "boludo" inaudible y siguió con su ceremonia. Aproveché para comentarle mi idea:
- Se me ocurrió algo.
- ¿Si? yo también quería contarte una cosa.
- A ver, decí vos primero -concedí.
- Pensaba que, este año, para variar, para hacer algo diferente...
- ¿Qué? dale, nena -apuré ansioso.
- Nada, que podríamos hacer la fiesta de fin de año en el Clú.
Me quedé callado del asombro y porque tenía la mitad de la medialuna entre los dientes. Tragué sin masticar y balbuceé:
- Ehh... si, que se yo... puede ser, no sé...
La Mabel lanzó una carcajada.
- ¿De qué te reís, gila? -pregunté algo ofuscado.
- De vos, tontín. Anoche hablaste dormido sobre la "gran" idea, así que te la afané, jaja.
- Ja, que piooola que sos.
- ¿Viste? Recanchera -dijo haciendo la seña con el índice y el pulgar abiertos en "ele".
- Bueno, ¿qué te parece?
- Estaría lindo. Si querés, te ayudo a organizarlo.
Y me sirvió un mate con espumita, como me gustan a mi y que, a estas alturas, ya son leyenda en el barrio.

Menos dos, que tenían compromisos asumidos con anterioridad, el resto de la Comisión Directiva del Clú estuvo de acuerdo con mi iniciativa y se mostraron verdaderamente entusiasmados. El Rengo se ocuparía de todo lo concerniente a bebidas; el Cadena se comprometió a conseguir la carne para el asado, a precio de choreo (literalmente) y el Ruso (más creativo) se haría cargo de la decoración. Los demás harían su aporte ayudando en lo que fuere. Por mi parte, como corresponde, supervisaría todo desde mi puesto de mando, la oficina de reuniones o, eventualmente, en una de las mesas del buffet, mientras degustaba una Quilmes.

La organización funcionó como un reloj y se vendieron cerca de 150 entradas, con lo que sobraría para darles algo de guita a las mozas (las Hormiguitas) y a algún que otro colaborador. Hay que reconocer que el Ruso se destacó como coordinador del evento, yendo de un lado para otro. Su labor apenas se vió empañada por el desagrado que le provocó el que me negara a comprarle un auricular con microfonito. Igual después entendió que lo suyo era un caprichito tecno que no condecía con el espíritu amateur y familiero de la reunión. Como fiel ladero tuvo al Pollo, quien colaboraba feliz de la vida.
A las 21 horas empezó a llenarse el recinto y comenzó a vivirse un verdadero clima de fiesta. En un momento, hizo su aparición Fran (el trava del barrio) con un vestido escotado y adherido al cuerpo, infartante. Pero lo que más llamó la atención fue su acompañante: un pibe de pelo lacio rubio y largo hasta los hombros, que parecía un modelo de esas propagandas raras de perfumes, así de lindo, che. Se produjo un silencio incómodo y se vio a Fran desesperar. Desde mi lugar le hice señas de que se aproximara adonde estaba yo sentado. Mientras se acercaba, el Mamasa me espetó:
- ¿Qué hacés? No pensaras dejar que se siente acá, ¿no?
- Justamente eso pensaba -le respondí sin mirarlo.
- Entonces si "eso" come en esta mesa, yo me voy a otra.
- Bueno, chau -dije terminante.
El gliptodonte amagó con levantarse, pero después lo pensó mejor.
- Ahora me quedo -dijo infantilmente.
Ahí si giré la cabeza, le sonreí y palmeándole la espalda, le mandé:
- Tontito.
Y me fui a recibir a Fran, dándole un sonoro beso en la mejilla, como para que a nadie le quedara duda de que yo la bancaba y que no iba a permitir ningún tipo de gesto discriminatorio.
- Me alegra que hayas venido, nena. Quiero que te sientes en mi mesa, vos y tu amigo...
- David -dijo el efebo.
- Bienvenido.
La Mabel los acompañó a sus lugares y Fran, visiblemente emocionada, dejó escapar un "gracias" sincero.
Por mi parte, me fui a recibir a Kim, el dueño del supermercado "El chino piolo". Esta deferencia mía radicaba en que no sólo era el principal proveedor del Clú (sus ventas en negro ayudaban a nuestras finanzas), sino también un amigo personal de años. Llegó acompañado de su esposa y de su hija, Lim, que es un sol y que tiene a más de un chaboncito del barrio a sus pies, incluyendo a mi sobrino, el Eze. Éste se estaba encargando de musicalizar el encuentro, por lo que imaginé que se debería estar muriendo de ganas de abandonar su puesto para estar al lado de la piba. Ahí se me ocurrió.
- Lim, ¿no me harías un favor? ¿Ves allá? El Eze está poniendo música y debe estar muerto de sed, ¿no le llevarías algo fresco para tomar y de paso lo ayudás con los temas?
La pendeja me sonrió ampliamente y ya encaraba para hacer lo indicado, pero antes miró a su padre buscando aprobación. Kim asintió con un gesto y la piba partió raudamente. Yo ya había hecho mi parte, ahora le tocaba al Eze. Acompañé a Kim a su lugar en mi mesa y me dispuse a disfrutar del festín.
Cerca de las doce empezaron a repartir las sidras en cada mesa. Con las copas llenas, el Pelado Canasta tomó el micrófono y determinó que con su reloj marcaría la llegada del nuevo año. Faltando diez segundos, y alentados por el improvisado locutor, la concurrencia bramó la tradicional cuenta regresiva. Al llegar al cero, una lluvia de globos y papeles plateados nos cubrió. Abracé a la Mabel tiernamente y nos besamos un buen rato. Después me ocupé de llamar a mis hijos y de recibir el saludo de varios de los asistentes.

Ya había bailado lo suficiente y tomado lo necesario, por lo que fui a sentarme al lado del Mamasa, quien tenía el semblante serio.
- ¿Todavía con lo de Fran, vos?
- ¿Eh? no, nada que ver. Estaba pensando en la guita que le di a la Karina, me tiene loco eso.
- ¿Ninguna novedad?
- Nada. El Flaco, o no sabe un pomo o se hace el boludo.
- Mirá, yo no le dije nada a nadie de esto, como me pediste. Pero pensaba que le podríamos decir a la Mabel, para que nos ayude a pensar como va la cosa. Vos sabés que es bastante bicha la Turca.
El ogro lo pensó un momento y me dió el Ok. La Mabel se sentó a nuestro lado y escuchó toda la historia. Me reprochó con la mirada el hecho de que no le hubiera contado antes, pero entendió que era un compromiso que tenía con el mamut.
- Hagamos de cuenta de que el Flaco se hace el boludo y que oculta algo -razonó mi jermu-. Si sabe de la guita y donde está, querrá sacarla de ahí y cambiarla de lugar, ¿no?
- Es cierto -dije-. Pero el loco se autoincrimina, o sea le van a dar con un caño.
- Pará -soltó el Mamasa-. Eso lo dice ahora, antes del juicio. Capaz que después alega emoción violenta, que es un atenuante.
- Bueno, si hace eso -prosiguió la Mabel-, ya se podría empezar a sospechar. ¿Quién podría encargarse por él de buscar la guita?
El ropero caviló unos instantes.
- Supongo que la hermana, que es tanto o más boluda que él.
De pronto me surgió una imagen perturbadora.
- ¿Y si todo es un plan?
- ¿Qué plan? -preguntaron al unísono.
- Digo, que todo puede ser de otra manera, que el Flaco armó todo.
- No te sigo -dijo la bestia, descorazonada.
- Claro boludo. Pensemos mal, como dice la Mabel. El Flaco se entera de la guita, pero la Karina no le quiere decir nada. Entonces el Flaco le saca la información apretándola, pero se le va la mano. Como todos sabíamos de la relación, era el primer sospechoso. Entonces arma todo el verso del crimen pasional, asi desvía la atención. Desde la cárcel le indica a la hermana donde encontrar la guita para cambiarla de lugar...
- Así -completó la Mabel-, cuando lo juzguen por emoción violenta, más su buena conducta, el tipo sale antes para encontrarse con el botín.
Nos quedamos un rato callados, hasta que el Mamasa se fue sin saludar, inmerso en pensamientos no del todo nobles.

Ya eran las cinco de la mañana y no quedaban muchos. La fiesta había sido un éxito y estábamos cansados como nunca. La Mabel, con cara de sueño, me dijo:
- Nene, está empezando a hacer frío. Me voy para casa a ver si llegó la Jessi.
- Bueno, yo me quedo un rato más a dar una mano para ordenar.
- Dale, no tardes.
Dando un suspiro profundo, decidí buscar una escalera para encargarme de descolgar algunas guirnaldas. Estaba en eso cuando se oyó a mis espaldas:
- Habría que prohibirles a los viejitos hacer cosas riesgosas.
Esa voz. Inconfundible. Sin darme vuelta, dije:
- Y a las pendejas barderas habría que enseñarles a cerrar el culo.
Giré y la vi. Ahí estaba, la piba más linda del barrio, vestida con una remera ajustada, una pollera de jeans y esas piernas de otro planeta.
- Hola Ade.
- Hola Sandy.
Cuando terminé de bajar, rápidamente se colgó de mi cuello, presionando mi pecho con su delantera sobrealimentada. Cerré mis brazos en su espalda y la levanté un poco del suelo. Cerrando los ojos, me vinieron a la mente miles de recuerdos y situaciones vividas. Se había ido siendo una piba y volvía siendo una mina.
Cuando abrí los ojos, me temblaron las piernas de la emoción. De la emoción y porque, a través del ventanal del frente del Clú, vi a la Mabel parada en la vereda con mi campera en la mano y con una expresión mezcla de asombro y congoja.

HASTA LA PRÓXIMA TEMPORADA (en febrero)
FELIZ 2008 PARA TODOS


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martes 18 de diciembre de 2007

LA MABEL (Parte 2)

- Perdón, se me escapó.
Infantil y obvia. Así fue mi reacción ante semejante exabrupto (¿un exagerado “erupto”?). La Mabel, remando la situación, me dijo:
- No pasa nada, compañero. Como dice la canción: “Hay que sacarlo todo afuera…”, jaja. ¿Qué andás buscando?
- Una compu.
- Pasá a la que quieras, que yo te habilito desde acá. Cualquier problema me avisás –dijo sonriendo.
Me fui a una del fondo y me acomodé un poco menos tensionado. A la media hora ya se había llenado de pendejos, que empezaron a los gritos mientras jugaban al Counter. Era imposible poder concentrarse con semejante quilombo. Hasta que se oyó la voz de la dueña:
- ¡A ver si se dejan de hacen lío, mocosos de mierda! Al próximo grito, les desconecto las máquinas y los echo al carajo y se van a tener que cagar de calor en la vereda. ¿Ok?
Silencio total.
Me quedé una hora más y cuando fui a pagar, estaba atendiendo Mariana, la sobrina de la Mabel. Ésta se había ido a hacer unas compras. Decidí que tenía que volver.
Y así fue. Me hice habitué del ciber. De a poco fuimos ampliando los momentos de charla y noté que la pasaba bien y que ansiaba que llegara la hora de ir.
Un día decidí probar algo. En medio de la conversación le hice referencia a la mina con la que chateaba y le di detalles de la relación. El primer día no dijo nada; el segundo la noté fastidiosa. Al tercero me dijo:
- Vos disculpame, pero la verdad, lo que me contás de esa mina no me interesa lo más mínimo.
¡Clink! Había picado.
No volví a nombrársela. Es más, ni siquiera volví a chatear con esa mujer. Me estaba interesando otra. Ya lo tenía decidido: la iba a encarar a la Mabel y a pedirle de salir una noche.
Esa tarde de viernes me fui arreglado lo mejor que permitía el clima. Evite hacer movimientos bruscos y duraderos que provocaran transpirar. No comí nada que tuviera efectos colaterales. En fin, me cuidé. Tenía que ver como armaba el verso para poder sacarle un “si” sin mucho drama, y a la vez tener preparado las acciones a tomar en caso de una negativa o respuesta en suspenso.
La Mabel estaba acomodando un pedido de kiosco, mientras Mariana atendía. Me puse a charlar con la pendeja de cualquier boludez, hasta ver que la Mabel me diera bola. En un momento le pregunté:
- ¿Salís este fin de semana, Mari?
- Si, seguro a bailar, ¿vos?
- No sé, no tengo planes todavía.
La piba me miró, la miró a la Mabel y me volvió a mirar:
- ¿Y por qué no la invitás a mi tía qué está en banda?
La Mabel se dio vuelta y, fulminándola con la mirada, le dijo:
- ¿Quién está en banda, pendeja?
- Vos. ¿Por qué no aprovechás y salís con Ade, y se van a tomar algo?
Se me iban las manos para ahorcar a la atrevida, pero puse mi mejor sonrisa y, entre dientes, dije:
- Pero la Mabel ya debe tener algún compromiso.
- Nooo, ¿Qué va a te…? -comenzó a decir la piba.
- Mariana, andá YA a llevar las cajas vacías al depósito –le ordenó la Mabel furiosa.
La sobrina se levantó de la banqueta y se fue resoplando:
- Al final una que quiere ayudar… Ma’ si.
La miré a Mabel y le sonreí a medias:
- Je, que piba, ¿no?
- Si, un poco atrevida.
Era ahora o nunca.
- ¿Y? –pregunté.
- ¿Y qué?
- Nada, ¿querés que mañana vayamos a tomar algo después de qué cerrés?
La Mabel se puso las manos en los bolsillos del jean, miró para arriba y después me miró, sonriendo:
- Bueno, dale.

El Eze, mi sobrino (vivía conmigo desde que el padre, mi hermano, se fue a laburar al sur, embarcado) estaba recostado en la cama, viendo como me arreglaba para la cita.
- Qué ganador, tío!
- Y bue, pibe, ¿qué le vamos a hacer?
- Está linda la Mabel.
- Seee, ta’ buena.
- Así que hoy vas a tener una alegría, ¿no?
- Ehhh, de a poco, nene. Primero salimos, nos conocemos más. Le mando mis frases matadoras y así. A lo sumo le agarró la manito y, si hay onda, capaz que le saco un beso cuando me despida.
- ¿Nada más? No te hacía tan lenteja.
- ¿Qué sabés pajerito? Hay que saber medir los tiempos, las pausas, no ser atropellado. Hay que seducir, no avasallar.
- Si si, igual para mí sos un lerdo.
- Hace una cosa, pendejo. Tomátelas a boludear por ahí y dejá estas cosas a los galanes.
- Jaaaa, andá!!
Y se fue cagándose de risa. El cepillo que le tiré pegó en el marco de la puerta, lo que aceleró su partida.

La Mabel estaba espléndida, con un pantalón negro que le marcaba lo suyo y una camisa blanca con bordados. Se había peinado con el pelo recogido y no tenía puesto mucho maquillaje. Yo ya tenía pensado donde llevarla, como iba a plantear la charla, unos cuantos chistes de mi repertorio, en fin, toda la carne en el asador.
Cuando me vio, hizo un gesto de aprobación a mi estampa. Iba bien encaminado.
- ¿Ade, me ayudás a cerrar?
- Dale, ¿bajo las persianas?
- Si, por favor, que te quiero preguntar algo.
Las bajé algo tenso.
- Listo, decime.
- Mirá, mi hija salió esta noche y se va a quedar a dormir en la casa de una amiga, así que estoy sola en casa. Y pensé que a lo mejor te gustaría que cenáramos acá y después veíamos una peli, ¿qué te parece?
Perfecto. Las cosas se aceleraban. Estaba avanzando casilleros. No debía demostrar mucha emoción.
- Bueno, que se yo, dale, está bien.
Y me hizo pasar a su casa. De pronto se detuvo y me agarro de la mano.
- ¿Te puedo hacer una pregunta personal?
“Sonamos”, pensé. Ahora me sale con eso de cuál es mi color favorito o si fuera un animal, cual sería… No importaba, ya estaba dentro de su casa en la primera cita, si hacía bien las cosas, en la próxima cita podíamos avanzar mucho más.
- Pregunte señora.
Me agarró la otra mano, me miró directo a los ojos y me mandó:
- ¿A vos te gusta coger antes o después de comer?
Me quedé estático, mirando su rostro sonriente, tratando de adivinar su intención. Ver si era una joda de grueso calibre o la manera de ser de una persona sumamente práctica. Luego de unos segundos eternos, pude balbucear:
- Ehhh, no… digo si… no es que… a ver… ¿antes?
- Perfecto –dijo y se colgó de mi cuello besándome lujuriosamente.

Hacía tiempo que no la pasaba tan bien. Quedamos ambos satisfechos y con un hambre de desnutrido. La Mabel se levantó de la cama y asi, en bolas, fue a buscar lo que había comprado para cenar. Yo pensaba: “si tiene la cena comprada, es que calculó bien de que iba a aceptar quedarme. ¿Tan previsible soy?”
Hasta ese momento iba todo de diez, por lo que me propuse seriamente no echarlo a perder. En ese momento apareció con una bandeja y una birra en la mano.
- ¿Te gustan las empanadas de carne?
- Me encantan –y era muy cierto eso.
Comimos y tomamos hasta hartarnos. Nos cagamos de risa con mil boludeces que se nos ocurrían y yo empecé a sentir que nos entendíamos como nunca.
Limpiamos la cama de migas y demás y, como hacía bastante calor, le dije:
- ¿No hay problema si me doy una ducha?
- No, siempre y cuando nos la demos juntos.

Al finalizar la segunda sesión, yo estaba palmado, pero no quería ser descortés y arruinar la velada, por lo que me dispuse a aguantar con los ojos abiertos la consabida charla postcoito.
Una vez más, fui sorprendido:
- Ade, ¿no te enojás si dormimos un poco? Quedé para sanatorio.
- Bueno, dale –respondí relajado.
- Mañana, si querés te podés quedar. La Jessi recién vuelve a la noche.
- Ok, bien, vemos.
Y se acurrucó en mis brazos. Al rato ya se escucha un leve ronquido. Me fui dejando abandonar, placidamente, mientras reflexionaba: “Bien, muy bien. Salió mejor de lo programado. Pero vamos a ir de a poco, tanteando, viendo, sin apurarse, para no meter la gamba. Pruebo un par de meses, tres a lo sumo y veo si le doy para adelante con la relación. Tranqui”. Y me dormí.

Antes de fin de mes me estaba mudando a la casa de la Mabel.

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